Una sinfonía de recortes ‘in crescendo’


Primero fue el disco, una crisis de soporte que la música clásica pudo sortear con mejor fortuna que el pop y el rock. Internet tardó mucho más en ofrecer alternativas a las grabaciones de los mejores sellos de música sinfónica y ópera. Pese a todo, en las oficinas de las discográficas ya no queda casi nadie. El refugio era la música en directo: los conciertos y las grandes puestas en escena operísticas salvarían el negocio. Pero no ha durado mucho. La música culta en España es una actividad subvencionada en la mayoría de casos y en época de crisis, si hay que recortar, dice el manual del político, conviene hacerlo en aquellas actividades que la gente asocie al lujo y a las élites. Miren, si no, al Liceo y los dos millones de euros que casi le cuestan un dramático ERE temporal y que han destrozado su imagen internacional.

Así que, sin ayudas (y ese problema quizá debería revisarse), muchos festivales o ciclos de música desfallecen. El último ejemplo ha sido el Ciclo de Lied de la Zarzuela y el del Liceo de Cámara en el Auditorio Nacional que Caja Madrid patrocinaba en la capital. La entidad bancaria ha reducido en un 20% su presupuesto cultural y el tijeretazo se lo llevan los apartados de difusión y programación. Se acabaron estos dos eventos tan arraigados en la vida musical madrileña. Además, se ha ralentizado hasta 2013 la reforma del flamante Palacio de la Música que se estaba remodelando en plena Gran Vía para convertirlo en un auditorio de primer nivel. Las obras se han parado hasta que no se encuentre alguna empresa que quiera asumir su gestión y programación, ya sea comprándolo o alquilándolo.

“Lo estamos pasando muy mal”, dicen en el Festival de Música Religiosa de Cuenca.

La Orquesta Nacional de España (ONE), durante una actuación en el Auditorio Nacional.
La Orquesta Nacional de España (ONE), durante una actuación en el Auditorio Nacional.

Los festivales, que durante años han puesto en el mapa a pequeños municipios españoles, sufren ahora más que nadie. Sus ingresos dependen principalmente de patrocinios y aportaciones de administraciones públicas (diputaciones, ayuntamientos y comunidades autónomas). Caja Madrid (ahora Bankia), por ejemplo, era también un importante patrocinador de la Semana de la Música Religiosa de Cuenca. Su marcha consiguió paliarse con la entrada de Caja Rural. Pero llovía sobre mojado: ya había perdido el 10% que aportaba la desaparecida Caja de Castilla-La Mancha y han caído en picado las subvenciones de las que depende un evento que este año celebra su 51ª edición y que ha visto reducido su presupuesto en un 40%.

“Lo estamos pasando muy mal. Se han suspendido todos los pagos de las aportaciones. Estamos pendientes todavía de las del año pasado. Si hay voluntad de todos los implicados, no se tendrá que suspender”, explica su directora, Pilar Tomás, sin descartar completamente que el festival pudiera cancelarse. “La voluntad es continuar, sanear al máximo… Pero puede haber un puñetazo encima de la mesa. Yo estoy trabajando en la continuidad, el arraigo que tiene este festival en la ciudad hace que todos tengamos ganas de seguir”, señala Tomás.

Tampoco hay dinero en las arcas públicas para convocar audiciones y renovar plazas en las orquestas que quedan vacantes o para sustituir a directores salientes. Habrá que aplazar el sueño de poner algún día a las orquestas españolas a un primer nivel. La sinfónica de Valencia solo tiene ya en plantilla a 55 de sus 91 músicos. Detrás de Lorin Maazel se fueron algunos de sus mejores intérpretes.

Trabajadores del Liceo de Barcelona protestan frente a las puertas del teatro.
Trabajadores del Liceo de Barcelona protestan frente a las puertas del teatro.

En Madrid, la Orquesta Nacional de España (ONE) sigue sin nombrar a un director titular que sustituya al saliente Josep Pons. “Ese tema no es prioritario”, manifestó el secretario de Estado, José María Lassalle, en una entrevista hace dos semanas. Sus palabras han sentado como un tiro entre los músicos, que confiaban en el nuevo proyecto y, en muchos casos, esperaban que se regularizase su situación laboral. La frase de Lassalle permite formarse una idea de por dónde van los tiros en la administración respecto a la música clásica. La ONE tenía ya atado al joven director alemán David Afkham, uno de los músicos con más proyección de Europa en este momento. Pero el adelanto de las elecciones frenó esta operación, que difícilmente podrá llevarse ya a cabo. “Está abortado”, señaló Lassalle. Una lástima.

En el otro lado de la trinchera, los agentes y promotores se quejan a diario del dinero que les deben las administraciones. “En algunos casos, el retraso acumulado es de dos años. Es imposible seguir trabajando así. Hay algunos sitios, como Galicia, donde el problema es especialmente sangrante”, revela un promotor de música clásica. También se esfuman muchos de los abonos de los ciclos más importantes de música sinfónica. Ibermúsica, por ejemplo, ha perdido 400 abonados en los últimos tiempos y su creador, Alfonso Aijón, se encomienda a la inversión privada para salir del atolladero. “Confío en la futura ley de mecenazgo y en la entrada de patrocinadores para poder sobrevivir”, asegura. Su homólogo en Barcelona, Josep Maria Prat, creador de Ibercamera, cree que “el futuro pasa por la coproducción y la inversión de los papeles de publico y privado”.

Enrique Subiela, figura importante de la música clásica en España, representante de artistas como Lang Lang, Gustavo Dudamel o Cecilia Bartoli, resume con mucha claridad la situación de la música en España en este vídeo sobre los recortes en la música. Para él, “la música clásica ha vivido en este país una burbuja como la inmobiliaria” y ahora se encuentra al borde del colapso. Hubo un tiempo en que cada ciudad construyó su propio auditorio, quiso tener su orquesta y traer a los mejores solistas y directores. La fiesta se acabó y toca pagar los recibos. Pero no hay forma posible de hacerlo. Muchos agentes como Subiela se han plantado y urgen a las administraciones que paguen lo que adeudan. En cualquier caso, como dice este representante, se trata de un mundo y un negocio, tal y como los conocíamos hasta ahora, en “demolición”.

FUENTE: El País

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