El renacimiento orquestal


Resulta difícil describir la alegría de los oyentes que colmaron la sala del teatro. Muchos fueron a escuchar y ver qué sucedía con la orquesta salteña luego de la renuncia del director titular y su rápido reemplazo por el maestro Jorge Lhez, director asistente desde la fundación del grupo sinfónico. Escuché muchas frases pero hubo una que impresionó: “Volvimos a tener orquesta”. Pero vale la pena corregir: orquesta siempre hubo, aunque las conducciones no fueron lo que la gente esperaba.

El repertorio elegido fue de alta exigencia. Se inició con una obertura beethoveniana de casi diez minutos de duración. La lectura del maestro Jorge Lhez fue de inmaculada corrección. Las tonalidades oscuras brindaron el marco justo para el épico tema principal. Muchas veces dije que los dos elementos más importantes del arte musical son la afinación y la elección del tempo. En esta oportunidad lo segundo fue la plataforma imprescindible para que la exposición fuera milimétricamente exacta. La orquesta, como si estuviera cargada de nueva energía, respondió admirablemente al más mínimo pedido del conductor. La tragedia escrita por Goethe, el gran poeta alemán, fue la elección del compositor para expresar con su música la lucha del individuo contra la injusticia que sufre el caballero Egmont, devoto católico, contra la persecución de los protestantes españoles que no solo niegan un justo juicio sino que humillan hasta la muerte al protagonista oprimido. Estupendos Lhez y sus dirigidos.

En 1967, cincuenta y seis años después de la muerte de Gustav Mahler, el director laureado de la Filarmónica de Nueva York decía: “Su tiempo ha llegado. Solo después de holocaustos mundiales, del avance de las democracias, de la impotencia para evitar los conflictos bélicos, de la magnificación de los nacionalismos buenos como el de Grieg o de los malos como los tiempos hitlerianos, de la intensiva resistencia a la igualdad social de los comunismos; solo después de haber experimentado ésto a través de los vapores de Auschwitz, de las avasalladas junglas de Vietnam, de Hungría, de Suez, del asesinato en Dallas, del macartismo; sólo después de todo ésto podemos finalmente escuchar la música de Mahler y comprender que él ya lo había soñado”.

La primera sinfonía del compositor austríaco es contundente y bella al mismo tiempo. Esta compuesta a sus veintiocho años y luego de su inesperado fracaso inicial, pasadas varias décadas, captó el humor y la adhesión del oyente. A pesar de cierto aire tomentoso y por momentos casi fúnebre, termina con un mensaje sonoro de inocultable fuerza y optimismo. La escuché en vivo y en versiones. Tedioso sería mencionar cuantas y cuales, pero destaco una soberbia interpretación en la Catedral de San Juan el Divino en Nueva York cuando el maestro Kurt Masur se despedía de la dirección de la Filarmónica de esa ciudad y otra conducida por el maestro Pedro Calderón en Salta en mis años de funcionario cultural. De hecho se la había pedido al maestro argentino, que curiosamente ayudó a formar a quien esta noche dirigió la Sinfónica de Salta.

El maestro Lhez hizo vibrar a todos con su irreprochable conducción. Lo veo y escucho desde la fundación de la agrupación local o sea desde el 2001. Me jugaría que ni él mismo sabe o ha tomado conciencia total de todo lo que ha progresado en estos años. Todos los detalles, las sutilezas, los matices, los cortes, los ataques, las precisas indicaciones, la forma de transmitir a sus dirigidos una partitura exhaustiva y gloriosamente estudiada, estuvieron sobre el escenario. Tengo la sensación que el público estaba esperando ésto. Su explosión final estuvo largamente merecida. Vino primero el sonido de la Naturaleza partiendo de un “La” desusadamente extenso. Luego apareció un intenso y emotivo scherzosobre la base de un ländler, precursor del vals austríaco. El tercer movimiento esta protagonizado por el sujeto de un conocido Frere Jacques, aquí llamado Fray Santiago, que se da a conocer por el contrabajo solista y de pronto el último movimiento que se abre con un electrizante y fortísimo acorde disonante de toda la orquesta que brinda la idea del paso del Infierno rumbo al Paraíso. Es preciso nombrar algunos solistas destacados: Manuel Izcaray (contrabajo), Cecilia Ulloque (flauta), Carlos Lépez Alonso (oboe), Elenko Tabakov (corno), Karina Morán (fagot) y Martín Bonilla (timbales) con todo su equipo de percusión. Por supuesto, también el trabajo conjunto del grupo orquestal, pero por sobre todo la exhibición de poderío, musicalidad, finura y nobleza que generaba la impresionante batuta del Mº Jorge Lhez, que supo imbuir a sus músicos de un vital y esperado empuje artístico.

FUENTE: Mundo Clásico

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