Crítica: El muñeco diabólico


Valencia, 06/03/2012. Palau de la Música. Alexei Volodin, piano. Franz Schubert: Impromptus, op. 90, D. 899. Ludwig van Beethoven: Sonata nº 8 en do menor, op. 13, Patética. Piotr I. Chaikovski (arreglo de Mijaíl Pletnev): Suite de Cascanueces. Igor Stravinski: Tres movimientos de Petrushka. Décimo concierto de abono de la temporada de invierno. Ocupación: 85%

Volodin guarda una distancia respetable con el piano. Su espalda, muy recta, tanto que cuando deja de estarlo casi parece tender más a una relación convexa que cóncava con el teclado. Las muñecas, a veces muy bajas. Y los dedos, sólo los dedos, para tratar a Schubert. De una forma muy ligera, tanto por la pulsación como por la velocidad elegida. De algún modo es como si estuviera mirando al siglo XVIII, lo que no resulta en absoluto descabellado. Pero es que entonces hace sonar unos Impromptuscuya melodía suena nítida aunque mecánica y sin reparar en gradaciones de color en el acompañamiento ni en sutilidades rítmicas. Así, radicalmente “antiafectada”, su lectura no encuentra momento para respirar, para llevar al oyente por un viaje que debería estar hecho de matices sutiles y expectaciones más o menos confirmadas. Y Schubert se ve reducido a un ejercicio poco romántico de mecanismo superficial.

No muestra grandes cambios en su versión de la Patética de Beethoven, también abocada a un juego marcadamente digital, si acaso mejor resuelta por afinidad entre las urgencias del proceder pianístico del intérprete y el impulso del discurso beethoveniano. De todas formas, sigue sin sacarle partido, por ejemplo, a la incitación del Grave inicial como generador del primer movimiento o a las diferencias entre la sucesivas reapariciones del tema en el rondó final.

Las obras que configuraban la primera parte del programa han sido tradicionalmente ejecutadas sin piedad por pianistas aficionados durante décadas. Quizá Volodin pretendiera con su interpretación limpiar la capa espesa de remilgos que sobre ellas se ha depositado. Sin embargo, pese a su virtuosismo evidente, no consiguió lograr más que una versión de estudiante aventajado.

Por diferentes derroteros se movió la segunda mitad de la velada, organizada en torno a piezas que en su origen habían sido concebidas para ballet, la primera en arreglo de Mijaíl Pletnev sobre el Cascanueces de Chaikovski y la última en trabajo del propio autor diez años después del estreno de su Petrushka. El aliño de Pletnev cuenta como principal aval la popularidad de la música de la que parte. Y, cosa curiosa, fue al desgranar estos pentagramas de aroma confitado cuando Volodin fue dando cuenta de una multiplicidad en sus procedimientos hasta entonces no expuesta, la cual hizo augurar al auditorio (que, por cierto, debía de ignorar las dos lenguas oficiales del lugar, dado el caso que le hicieron a los avisos de desconectar los teléfonos móviles) la gran explosión del complicadísimo Stravinski que cerraba la sesión. Un Stravinski que por mucho que se empeñara en indicar que lo suyo no era una transcripción de la obra para orquesta, no hubiera podido evitar que el pianista, liberado el brazo, fuera capaz de sugerir una rica paleta de colores, servida por una enorme variedad en los ataques, minuciosos y exactos, y ahora, por fin, apenas mecánicos (cuando precisamente su pulsación maquinal no lo pone fácil para lograrlo). De esta manera el muñeco y los ambientes de su entorno volvieron a cobrar vida. Vida quizá tomada en préstamo de un público que tardó en cerrar la boca. Tal fue su grado de arrebatamiento.

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