Diminuendo… a niente


Madrid, 23/03/2012. Teatro Monumental. Miguel Borrego, violín. Orquesta Sinfónica de RTVE. Kees Bakels, director. Franz Joseph Haydn, Sinfonía nº 95 en do menor. Jesús Torres, Concierto para violín y orquesta [estreno absoluto patrocinado por la Fundación BBVA]. Alexander Glazunov, Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, op. 55. Concierto de abono de la temporada 2011-2012 de la Orquesta y Coro de RTVE.

La programación de las temporadas de abono de la Orquesta y Coro de RTVE tiene la buena costumbre de cumplir dos de los objetivos que se esperan de todo conjunto sinfónico-coral de una radiotelevisión pública: interpretar obras poco usuales que aumenten el patrimonio sonoro de su archivo y estrenar -sea como comitente o como anfitrión de otros mecenas- obras nuevas, dando preferencia a los compositores españoles. Un espléndido ejemplo de ello, por lo bien diseñado y equilibrado, fue el programa de la pasada semana [quienes en su momento lo busquen en el archivo web de RTVE lo localizarán como Concierto de abono B-18] encomendado al director invitado Kees Bakels (Ámsterdam, 1945), un maestro de larga carrera internacional que en la pasada década revalidó su bien ganado prestigio como primer director de la Orquesta de Malasia.

Bakels pertenece a la vieja escuela de directores violinistas y así se hizo notar en su preciosamente fraseada Sinfonía en do menor de Haydn, con la atención siempre puesta en la articulación, el timbre y la discursividad, más que en el fraseo e incluso en la construcción formal. Al terminar su interpretación de Haydn me pareció apreciar cierta sorpresa entre el público -por lo menos el de mi zona-, el cual aplaudió satisfecho por la evidente elegancia y musicalidad, pero sin auténtica emoción, que por otra parte rara vez se consigue en la actualidad con la música de Haydn. Posteriormente tuve ocasión de comentar con algunos asistentes sus sensaciones y me dijeron que les había parecido ‘poco-clásico’. Efectivamente, no lo es, ni creo que deba serlo. Desde mi punto de vista la Sinfonía en do menor de Haydn es una obra romántica y la perspectiva interpretativa de Bakels es acertada y, desde luego, la disfruté mucho, tanto intelectual como emocionalmente.

La elección de la espléndida Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, op. 55 de Glazunov se debe a Kees Bakels, un profundo conocedor del repertorio sinfónico de Glazunov, que ha grabado con la Orquesta Filarmónica de Malasia para el sello BIS, junto con el de Rimski-Korsakov y Sibelius. Este conocimiento le proporciona la perspectiva histórica correcta de Glazunov como un compositor renovador y un profesor de criterios extraordinariamente abiertos, lo que viene avalado por la veneración que le profesaban sus alumnos, muy en especial Dimitri Shostacovich. Es esta misma postura progresista la que llevó al nazismo a incluir a Glazunov entre los músicos degenerados junto a Maurice Ravel y Erik Satie, en concreto con la etiqueta de “músicos honorarios judíos”.

Bakels admira tanto esta obra, estrenada en 1896, que tras ofrecer la partitura al público para que recibiera los aplausos, la besó siguiendo la tradición rusa. Su interpretación mostró un grado semejante de enamoramiento, que alcanzó grados de arrobo adolescente en el Moderato del Scherzo y absoluto fuego pasional en el Allegro Maestoso. El maestro contagió su entusiasmo a la orquesta, la cual olvidó totalmente el trance de desorientación por el que pasa, y sonó rotunda, espléndida, coherente y -por momentos- incluso feliz. La lección magistral de composición que representa este “poema arquitectónico” (en palabras del propio Glazunov) estuvo servida por la ORTVE al límite de sus posibilidades, que no son escasas. Su público, que es un modelo de fidelidad y cariño, se lo agradeció con intensidad madrileña y diez minutos después del concierto todavía quedaban corrillos de aficionados delante del Teatro Monumental comentando lo bonito que había sido el concierto.

En uno de esos corrillos encontré a Jesús Torres, cansado por la tensión y modestamente agobiado por las sinceras felicitaciones de los aficionados que salían del concierto. Lo primero que me comentó fue su satisfacción por haber tenido la suerte de ser el “telonero” de Haydn y Glazunov, puesto que él -a diferencia de muchos de sus colegas- prefiere ser programado en conciertos de repertorio y no en los específicamente dedicados a la música actual, por más que en estos el público suela ser más afín. Como persona exquisitamente bien educada, Torres ni me comentó nada sobre su Concierto, ni me pidió mi opinión sobre el mismo, e incluso evitó intervenir en los inevitables comentarios que sobre su obra se iban produciendo según se acercaban diversos profesionales y aficionados. Entre esos comentarios me llamó poderosamente la atención la divergencia radical entre quienes defendían que el Concierto para violín y orquesta de Torres es una obra esperanzadora y quienes por el contrario la ven como una obra profundamente fatalista. Ambas perspectivas basan sus argumentos en la coda, una hermosísima sección a dobles cuerdas sin vibrato en la que el sonido se pierde en el silencio con la indicación “diminuendo … a niente”. En aquellos momentos, mi memoria de musicólogo me recordó los muy habituales comentarios sobre los supuestos estados de ánimo de Mozart deducidos a partir de su última sinfonía, la Júpiter. Y agradecí especialmente a Jesús Torres su discreción.

Me desplacé a Madrid ex profeso para asistir al estreno del Concierto para violín y orquesta porque tenía la intuición de que se trataría de una obra relevante y hermosa. La realidad superó mis expectativas con creces: es la obra de Jesús Torres que más me ha impactado y cuando estoy escribiendo esta reseña, dos días después de la audición, temo no haberme distanciado aún de la experiencia al tiempo que lamento no haber tenido acceso a la partitura (tuve que regresar a casa pocas horas después del concierto). La plena contemporaneidad del Concierto no puede ser una sorpresa para nadie que conozca el estilo de Torres, un artista del siglo XXI con una permeabilidad ejemplar a la sensibilidad estética de nuestro tiempo. Sin embargo, me sorprendió gratamente escuchar en un compositor español de su edad la asunción personal y libérrima de estilemas que habitualmente se asocian a la música báltica, inglesa y, en menor medida, a la de la Costa Este norteamericana. Vistas las cosas desde mis perspectivas culturalistas, relaciono en mayor grado estos estilemas con la espiritualidad -por favor, no confundir con la religiosidad-, que es una cuestión íntima a la que nuestros músicos parecen ser reticentes, que con el origen geográfico de los artistas. El Concierto para violín de Torres ha sido un éxito como obra telonera de Haydn y Glazunov: en primer lugar porque tanto estructural como retóricamente es dignísima compañera de las dos sinfonías; en segundo lugar porque su belleza intrínseca y su discurso son oportunos para su lugar y tiempo, como lo fueron Haydn y Glazunov para el suyo; y en tercer lugar porque -al igual que Haydn y Glazunov- Torres disfrutó de unos intérpretes idóneos y de un público que deseaba y necesitaba esa música.

Kees Bakels entendió, disfrutó y dirigió el Concierto para violín con entusiasmo y generosidad. La Orquesta de RTVE lo afrontó de igual modo, con el aliciente del orgullo de contar como solista con uno de los suyos. Y Miguel Borrego está fascinado con el Concierto, no es capaz de disimularlo ni tiene el menor interés en hacerlo. Su capacidad técnica, su profundo conocimiento del repertorio reciente, su sensibilidad y su cultura musicales son bien conocidas gracias a su incansable actividad como músico de cámara con el Trío Arbós y como solista. El hecho de estrenar un Concierto para violín escrito para él por un compositor a quien admira y que a su vez lo admira, significaba un estímulo muy especial y una ilusión que excedía incluso lo musical y lo profesional. Todo esto se hizo patente sobre el escenario del Teatro Monumental de Madrid, y lo percibí palpablemente al sentir la enorme tensión que se había creado en la sala cuando el sonido del violín de Borrego se perdía “hacia la nada” mientras su arco permanecía inmóvil en el aire.

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