Un Romeo y Julieta más de pueblo que de aldea


Karlsruhe, 17/03/2012. Badisches Staatstheater. Romeo und Julia auf dem Dorfe. Drama lírico en seis actos de Frederich Delius (1907). Arila Siegert, regie. Frank Philipp Scholössmann, decorados. Joscha Schaback, dramaturgia. Elenco: Carsten Süss (Salie), Ejaterina Isachenko (Vrenchen), Seung-Gi Jung (Manz) Lucas Harbour (Marti),Gabriel Urrutia (Der schwarze Geiger). Badische Staatskapelle, Badischer Staatsopernchor, Statisterie des Badischen Staatstheaters, Estudiantes de la HfM de Karlsruhe (Banda). Justin Brown, dirección musical.

150 años se cumplen del nacimiento de Frederick Delius, quince decenios, con tanta pena como gloria, que han propiciado que en diversos escenarios se haya planteado la recuperación (en sentido homenaje) de parte de su repertorio.

Así es como seguramente se justifica la programación de Romeo un Julia auf dem Dorfe (Un Romeo y Julieta de aldea) en el Badisches Staattheater de Karlsruhe, justo en medio de la gloriosa semana que la entera ciudad le dedicó a la celebración de sexagésimo cumpleaños del compositor Wolfgang Rihm.

Con Delius hay que decir que se postulan tres contrastantes bandos, quienes lo vanaglorian y quienes los detestan. Yo estaba más bien en el tercero, entre quienes lo ignoraban, pues pocas son las veces que se tiene ocasión de “disfrutarlo”, pero he de decir que ya me he decantado.

La ópera que nos citó en Karlsruhe fue estrenada en la Komische Oper de Berlín en febrero de 1907, y extremadamente contadas han sido las representaciones que le han seguido a este estreno. Sinceramente, poco nos extraña. El libreto extraído del homónimo texto del suizo Gottfried Keller, fue obra del Charles Francis Keary, y “retocado” por insatisfacción por Delius y Jelka Rosen-Delius -su señora-, obteniendo un resultado pobre y cansino, … su resolución en música responde a las expectativas que éste suscita.

La regía de Arila Siegert le acompaña perfectamente, eso sí, es anodina y repetitiva, pero va siempre de la mano del nada colaborador decorado de Frank Philipp Scholössmann y la insulsa iluminación de Stefan Woinke que no supo darle algo de brío al plato/plató giratorio -con pintas de funeraria en tiempos de crisis- que nos mareó, sin fundamento alguno, durante las más de dos horas de duración de la ópera.

Justin Brown y la Badische Staatkapelle hicieron todo lo posible para mantener la tensión en unos casos y la atención en otros de una obra con poco o nulo sentido de la dramaturgia, plagada de secciones musicales interminables (como su conocido interludio instrumental ‘El paseo al Jardín del Paraiso’) y de ‘Meine liebe’ y llamamientos a Sali soporíferos en los que los sufridos cantantes se vieron forzados a una forzada actuación, inserta en la redundancia que abandera la entera obra. No sé si Arila Siegert, responsable de la dirección escénica, hizo algún esfuerzo para rellenar esos espacios, pero desde luego no se evidenció en ningún momento.

La Badische Staatskapelle y el Badischer Staatsopernchor estuvieron correctos, dignos ante las adversas circunstancias, a pesar del ridículo baile pseudo-sardanesco que les hicieron representar en el segundo acto.

Quizás el problema de fosos como el de Karlsruhe se hace más evidente en los papeles pequeños, donde la elección de los cantantes es más circunstancial que seguramente premeditada. A los resultados que se obtienen me remito. No entraré eso sí en detalle. Carsten Süss (Sali) y Ekaterina Isachenko (Vrenchen) fueron unos dignos Romeo y Julieta, con voces limpias, potentes, cálidas y empastadas en los innumerables dúos a los que fueron sometidos. Lucas Harbour (Marti) también evidenció una notable riqueza tímbrica y potencia en la total amplitud de su registro, pero Seung-Gi Jung (Manz) no fue el compañero de fatigas más propicio, malvistiendo continuamente la línea melódica en la que Delius pone tanto empeño con un excesivo vibrato -que contrastaba notablemente con la limpieza del primero-, quizás por la emoción que le suscitaba el texto.

Merece eso sí especial mención el barítono español Gabriel Urrutia (el violín negro) que con la excepción del desequilibrio entre la intervención solística del concertino y sus gestos como tal, mostró la mejor actuación stricto senso de la noche, y evidenció ser una de las voces más equilibradas de la entera representación. Él, los dos protagonistas y las incómodas butacas evitaron más de una distensión de cuello por caídas violentas de la cabeza.

Me complace siempre ver en todo caso un teatro a rebosar, pero a la vez me entristece constatar que la media de edad del mismo va in crescendo -no importa el país en el que nos encontremos-, y solo alguna joven pareja vestida para la circunstancias -y quizás por circunstancial ocasión- le daba un aire menos vetusto a la velada. No sabemos sin los mismos que asistieron son los que en ocasiones silban o ignoran a su conciudadano Rihm, pero una cosa sí que es cierta: “más vale contemporáneo en mano que decimonónico volando”.

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