Un programa de música nacionalista


Cuenca, 07/04/2012. Teatro Auditorio. Guylaine Girard, soprano. Philippe Talbot, tenor. Francis Bouyer, barítono. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Hervé Niquet, director. Achille [Claude] Debussy, L’enfant prodigue, cantata en un acto. Vincent d’Indy, Symphonie Italienne. 51 Semana de Música Religiosa de Cuenca. Concierto 14.

Hervé Niquet, fundador hace 25 años de Le Concert Spirituel, grupo especializado en el repertorio del grand motet francés, abordaba en esta ocasiön un repertorio muy distinto en el que viene trabajando desde hace unos años, que es el relacionado con la Villa Medicis, sede de los becados franceses que reciben el prestigioso Prix de Rome. Este programa forma parte de un proyecto de investigación más ambicioso, que incluye el repertorio sinfónico francés de la Belle Époque, focalizado en elCentre de musique romantique française à Venise, fundado por Niquet en 2009. Fruto de la labor de Niquet y sus colaboradores, han sido dos álbumes fonográficos dedicados respectivamente a la música del joven Debussy y a la música inédita de Saint-Saëns.

Con este programa de música francesa de la Belle Époque de influencia wagneriana, coherente con la línea de programación de Pilar Tomás, directora artística de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, se presentaba por primera vez en la SMR de Cuenca la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Dos obras compuestas a los 22 años por dos autores que se caracterizaron por su extremado fervor nacionalista francés y su antigermanismo, quienes sin embargo en estas obras tempranas muestran algo muy distinto: la influencia wagneriana en su música juvenil. En la primera parte la cantata en un acto L’enfant prodigue sobre un texto de Édouard Guinard (con la que Achille Debussy ganó el Prix de Rome de 1884) y la Symphonie Italienne, la primera obra orquestal del aristócrata Vincent d’Indy, completada en 1872, tras la derrota francesa de 1870 frente a Alemania, y estrenada en Armenia en 2005.

La reciente recuperación de la Sinfonía italiana de d’Indy nos ha proporcionado una nueva e interesantísima perspectiva sobre el sinfonismo francés y europeo en unos años clave y una información preciosa sobre la evolución de Vincent d’Indy, un autor que un cuarto de siglo más tarde tendría una enorme influencia sobre el Granados sinfónico a través de su segunda sinfonía (con piano solista), la Symphonie sur un chant montagnard français de 1886. Granados también compone su obra sinfónica en medio de la derrota bélica española frente a EEUU en 1898. El interés de la Sinfonía italiana de D’Indy subyace en un carácter de obra crepuscular de un género de sinfonía que ya está obsoleto, en el momento en que se está gestando el nacimiento del nuevo género de la sinfonía como ‘museo de la historia de la música’. En 1875 se estrena la Quinta sinfonía de Dvorák, en 1876 la Primera de Brahms y la Segunda de Borodin, en 1877 la Cuarta de Chaicovsqui, y así se van siguiendo las sinfonías de Brahms, Chaicovsqui y Dvorák con la interpolación en 1886 de la monumentalTercera sinfonía de Sain-Saëns.

Hervé Niquet conoce profundamente la retórica y los códigos estilísticos de la Belle Époque, y logra unos resultados óptimos de una orquesta, la Sinfónica del Principado de Asturias, que no está pasando por sus mejores momentos y a la que le falta equilibrio entre las secciones, empaste e incluso seguridad. Niquet declara “seguir la idea de que sólo hay un tipo de música francesa que continúa a lo largo de los siglos”, misticismo esencialista no menos nacionalista que el de los autores que dirige con tanto acierto. No menos excéntrica es su ‘puesta en escena’ como director, que toma en préstamo mucha gestualidad del mundo del ballet que Niquet conoce profundamente. Sus pantomimas en el podio sorprenden y distraen al público, pero me pareció apreciar que son efectivas con la orquesta y en más de una ocasión confirmé su enorme musicalidad y expresividad. Si bien su pirueta final, que le llevó a terminar la Sinfonía italiana mirando hacia el público, me semejó más una gracia galante que una necesidad musical.

Al contrario que en el caso de la Sinfonía italiana, apenas conocía L’enfant prodigue, si bien deduzco de las palabras del propio Niquet y del aspecto de la partitura que tenía sobre el podio que escuchamos una versión revisada de la cantata, la cual -al margen de lo bombástico del poema y lo esclerosante del género- es obviamente una obra notable que, en manos de un director con los conocimientos expertos y la sensibilidad de Niquet, se convierte en una obra lucida. Los cantantes se emplearon a fondo, cuidando con esmero la prosodia, que es un elemento esencial del género. Niquet les sirvió bien, sin duda es un maestro de la concertación gracias a su larga experiencia con Le concert spirituel y es consciente de que retórica y prosodia son más importantes que la propia belleza vocal.

El público aplaudió encantado, cautivado por la forma de hacer y la Semana de Música Religiosa se apuntó otro éxito, del que sólo cabe lamentar, nuevamente, una asistencia escasa (aunque superior a la de los primeros días del Festival).

Anuncios

Déjanos un comentario!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s