Espectáculo fascinante


En ‘Vida y muerte de Marina Abramovic’ las esencias del arte escénico permanecen, aunque proyectadas, de una manera más vinculada a los tiempos actuales.

Una hilera de luces de neón en primer plano delimita el espacio en el que Robert Wilson desarrolla la representación teatral. Es una solución renovada a la que tomaba Giorgio Strehler con sus velas en el suelo en el borde del escenario, para crear una atmósfera cálida en las comedias de Goldoni y la comedia del arte. El tiempo pasa pero los elementos de lenguaje son los de siempre: el espacio, la luz, el gesto, la máscara, el movimiento, la composición plástica, el ritmo, el trabajo de los actores. Wilson dirige un laboratorio de investigación teatral, el Watermill Center, por el que han pasado muchas de las figuras de la vanguardia artística, y eso se nota. Además el director de escena es un perfeccionista hasta el delirio y sus espectáculos tienen una factura, un acabado, sin ningún tipo de fisuras. Todo esto se puede dar por sentado previamente. El punto de atención se desplaza a cómo se mantienen los valores del teatro, de la ópera, del teatro musical, o como ustedes quieran llamarlo. En Vida y muerte de Marina Abramovic las esencias del arte escénico permanecen, aunque proyectadas, de una manera más vinculada a los tiempos actuales.

Veamos. El papel del narrador – del evangelista en las Pasiones de Bach: permítanme la comparación- se lo echa a sus espaldas el actor Willem Dafoe con una maestría incuestionable. Derrocha expresividad, sentimiento, transparencia en lo que dice y cómo lo dice. Es difícil imaginarse esta obra sin su presencia. La emoción viene de los cantantes. Antony da a cada una de sus melodías una carga de intensidad que roza la intimidad. Cumple el papel de los grandes divos en la ópera. Con otro lenguaje, desde luego, pero no con menor profundidad y sentido dramático y humanista. Fascina. Contrastan sus canciones con las más tradicionales del estupendo grupo serbio de Svetlana Spajic. Los aires en cierto modo folclóricos, en contraste con las melodías más modernas y el buen soporte de los músicos instrumentales, añaden un enorme atractivo a la narración teatral. Porque, en el fondo, como en el teatro de toda la vida, se trata de contar una historia. De mayor o menor interés, pero una historia, en este caso la ciertamente original de Marina Abramovic.

La responsabilidad final del espectáculo recae en Robert Wilson que hace un despliegue inaudito de recursos teatrales jugando con la poesía de las imágenes en movimiento, y con los criterios plásticos más insospechados, salpimentando su original propuesta con las dosis convenientes de misterio, sentido del humor y perturbaciones inquietantes. Se refuerza con ello lo que el catedrático Calvo Serraller denomina en el programa de mano “obra de arte del futuro, más allá del resabio wagneriano”. Y es que Wilson recoge, a su manera, el guante dejado por Wagner en su teoría de la obra de arte total. Evidentemente los tiempos son otros, lo que se manifiesta en el tipo de voces o de músicas. Los sentimientos y el concepto del teatro no son tan distintos a los de antaño, salvo en el terreno de investigación tecnológica y la búsqueda de efectos.

Un público mucho más amplio que el habitual de la ópera ha puesto ya el cartel de “no hay localidades” para todas las representaciones. El del estreno, este miércoles, aplaudió con fuerza el espectáculo sin apenas disidencias. Hay que agradecer a Gerard Mortier su tenacidad para abrir el abanico de la programación a las estéticas más diversas. El que el espectáculo de Abramovic esté situado entre los de Riccardo Muti yPlácido Domingo no hace sino reforzar este evidente enriquecimiento artístico del Teatro Real.

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