La sonrisa del Liceo


Tiene un crédito tan ilimitado que su gran reto es saber utilizar correctamente tamaño capital.

Tiene un crédito tan ilimitado que su gran reto es saber utilizar correctamente tamaño capital. Resulta un persona tan transparente, cálida y dulce que nadie piensa pueda desaprovecharlo, pues el público no sólo siente perdería una buena artista, sino incluso un pequeño rincón de los ensueños, ese reservado a las personas que se desea jamás se pierdan astillándonos así la esperanza. Todo lo que se diga de ella es poco, pero podría resumirse en que en su debut en el recinto, ella hizo sonreír al Liceo.

Y no sólo porque ella viese en las lámparas del adusto templo lírico unas sonrisas dibujadas con los puntos de luz de las lámparas, sino porque allí un comentario ingenuo, “yaya, no te preocupes, los conciertos son así”, dijo a su abuela cuando se reiteraban los problemas con un micro, son un bálsamo para ese mundo cínico en el que habitamos. Esa actitud en escena, la de una niña-mujer en vestido de noche haciendo partícipe al público de sus emociones, desarma. Porque Silvia desarma. Voz y carisma. Enorme capital.

El concierto fue una apoteosis. Más de 20 músicos la ayudaron a interpretar en su integridad su disco de debut en solitario, perfilándolo con arreglos puntillistas en clave acústica, suavemente acunado por el viento. El viaje por la música popular con Silvia en el tajamar, estampa de mascarón de proa con su tupida melena negra, encontró en su acercamiento a la habanera, flamenco, fado, tropicalismo y pop de ganchillo su sentido. Pura caricia.

Pero también, cosa comprensible habida cuenta su extraordinaria voz, se percibió que ésta está por encima de todo, en ocasiones incluso de las mismas canciones, pálidos charcos donde se refleja la luna. Y sí, la imagen es bella, pero mejor el mar de un repertorio pleno para perderse entre reflejos de luz. Es más, en ocasiones hasta pareció que todo era voz, sólo voz que imponía su luminosidad cegando todo lo demás. Pero, en fin, todo esto forma parte del capital que Sílvia ha de gestionar. Y es preferible pensar que lo hará con tino. Nos lo merecemos todos. No sólo ella. Ella, quizás sin querer, así lo ha querido.

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