La contracultura en la tercera edad


Una de las leyendas fundacionales del rock en pasó por Madrid invitado por el Festival Internacional de Benicàssim.

El domingo pasado, en un sillón de Matadero Madrid, Kim Fowley, 73 años, legendario excéntrico que ya es parte de la historia de rock, se empeñaba en retener a los periodistas que le entrevistaban cuando estos habían dado por terminada la charla hacía rato. Con una verborrea imparable, y muchas veces indescifrable, hacía preguntas, pedía su opinión sobre los asuntos más extraños, o, en este caso, solicitaba que se volviera a encender la grabadora para registrar un último monólogo delirante: “Me han contado en Los Angeles que en España hay nueve ciudades en las que se puede escuchar rock´n´roll. ¿cuáles son?” Lo siento, señor Fowley, ni idea. “Ja, me habrán mentido”.

A su lado, una mujer de 26 años, que parecía una versión puesta al día de la pin-up Betty Page grababa todo con una pequeña cámara. Es Snow Mercy, su pareja y su nueva musa. “Cuéntales lo que haces”, le decía Fowley embelesado. “Soy compositora, cantante, artista, directora de cine, licenciada en física, actriz fetichista y dominatrix”, enumeraba ella. ¿No son demasiadas cosas? “Esto ya no es como en los sesenta”, interrumpía Fowley. “Ahora para sobrevivir hay que hacer cuantas más cosas mejor”.

En su caso eso es su forma de vida. Creció en el Hollywood de los años cuarenta y debutó como actor infantil en 1946, con seis años. “Mi padre, un actor se serie B [Douglas Fowley un secundario en decenas de películas entre ellas Cantando bajo la lluvia], me obligó a hacerlo para sustituir a un niño que se había puesto enfermo. A mi madre, un lesbiana que se negaba a admitirlo, le pareció bien”. En los cincuenta descubre el rock´n´roll, y consigue su primer número uno con The Hollywood Argyles. Él los fabricó, los empaquetó y los vendió. Ahí descubre que para ser el protagonista no es necesario estar frente a los focos (aunque le encanta estar ahí y recibir toda la atención posible). Que se pueden hacer otras muchas cosas.

Tantas que nadie parece capaz de sintetizar la desbordante carrera de Fowley en unas pocas frases. Solo Duglas Stewart, el cantante de la banda escocesa BMX Bandits, a los que produjo un disco, se lanza. “Kim es probablemente el ser humano más extremo que haya conocido. Es una leyenda. Si juntas los discos en los que ha participado como artista, productor, compositor o técnico ha vendido más de 120 millones de copias. Ha trabajado con todo el mundo: de Doris Day a Jonathan Richman; de Cat Stevens a The Runaways; de John Lennon a George Lucas. Lleva haciendo discos salvajes e inspirados desde finales de los cincuenta. Es brillante, pero nada convencional. Entiendo que haya personas a las que les asuste”.

Fowley lo resume de otra forma: “Mi trabajo consiste en ayudar a ciertos músicos a vender su trabajo, porque ellos son unos pobres desgraciados, incapaces de hacerlo solos”. Esa es la auténtica peculiaridad de Fowley, lo que le convierte en una rara avis: a pesar de haber compuesto canciones para the Byrds, Beach Boys, Soft Machine o Them siempre se ha sentido más cómodo en el margen del negocio. Se cuenta que un ejecutivo discográfico le dijo en una ocasión, “haces grandes discos, pero nunca has producido a un gran artista”. “Aquí ya entramos en lo que cada uno define como grande. No me interesan las cosas grandes. A mí me interesa la grandeza. Y esa está en cuatro críos haciendo ruido sin saber muy bien donde van. Es lo que quiero demostrar esta noche.”

Tanto Stewart como Fowley estaban en Madrid invitados por el Festival Internacional de Benicassim, que presentaba su programación de cine. Pero Fowley era la indiscutible estrella. A su reclamo acudió una docena de músicos madrileños, de grupos como Los Coronas o Los Caballitos de Dusseldorf, para una jam session que él guiaba. La grandeza consistía en implicar a todos los presentes en la sala, en una suerte de blues pantanoso, una improvisación que duró alrededor de media hora. Pero la auténtica grandeza de Fowley es su vitalidad. “Sabed que con vuestra edad yo también estaba aterrorizado por la vejez”, decía a un auditorio compuesto por gentes a las que sacaba más de 30 años. “¿Seré patético? ¿Podré follar? ¿disfrutar? Sí, se puede, claro que se puede, miradme”.

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