¿Cómo se puede acercar la música clásica a los niños?


El colectivo CDZA vuelve a sorprender con sus originales propuestas sonoras. En esta combinan la música clásica con las letras pop más actuales. No sabemos si a Mozart le gustaría compartir su sinfonía con LMFAO (‘Partu Rock’), pero lo cierto es que la mezcla resulta divertida para los más pequeños. En este particular ‘mezcladillo’ también comparten melodía Offenbach con Lady Gaga (‘Bad Romance‘), Beethoven con Adele (‘Rolling in the Deep‘), Grieg Peer Gynt con Carly Rae Jepsen (‘Call me maybe’), Beethoven con Kate Perry (‘Wide Awake’), Tchaikovsky con One Direction (‘What makes you beautiful‘), Haydn con Justin Beiber (‘Baby’) y el compositor de bandas sonoras John Williams con Psy (‘Gangnam Style‘).

 

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El misterio Jack White


El fundador de The White Stripes, el músico más influyente y prestigioso salido del rock ‘underground’ en los últimos 15 años, publica su primer disco en solitario. Todo un ‘bluesman’ que sigue alimentando su enigmática aureola.

Jack White es un personaje. Tras él se encuentra John Anthony Gillis, el pequeño de los 10 hijos de un matrimonio católico de Detroit. Pero los detalles de su vida anterior a 1997, cuando apareció en público por primera vez, son difusos. Su vida es un puzle en el que siempre hay una pieza que no encaja. “La gente se preocupa mucho por lo que es auténtico y lo que no”, dice, sonriente, en una suite de un lujoso hotel de París una calurosa tarde de marzo. “Todo lo que soy está ahí, en mis discos, en mis conciertos. A la vista”.

Se define como un músico de blues. Y como los primeros bluesmen,Leadbelly o Charlie Patton, parte de su vida está envuelta en la bruma. Tampoco es nuevo en el rock. Bob Dylan o David Bowie han estado durante décadas sometidos a escrutinio y todavía hay zonas oscuras en su biografía. “Yo no miento, pero no se puede tomar de forma literal todo lo que alguien dice. Sería absurdo, ¿no cree? He estado en distintas bandas y en ellas escribo canciones e interpreto un papel. Siempre ha sido así. Desde el principio. Lo que he descubierto en este tiempo es que cuando creas tu propio mundo la gente viene a ti. No necesitas ir fuera a buscarles y convencerles. Llegan ellos solos”.

Es cierto que la expansión de su éxito tiene algo de viral y de nadar contracorriente. Su discográfica, Third Man Records, por ejemplo. “La abrimos hace tres años para editar vinilos. Éramos tres. Ahora trabajan casi 30 personas”. En este periodo han publicado 140 referencias, algunas alcanzan precios astronómicos. Por sencillos con apenas dos años de antigüedad se piden hasta 400 euros en eBay. “Es inevitable. No hay forma de controlar que se especule con el vinilo. Por eso vendemos descargas digitales”.

Otro caso curioso: en el Mundial de fútbol de 2006, los hinchas italianos tarareaban una melodía para animar a su combinado nacional. Era Seven nation army, el primer sencillo extraído de Elephant, un disco de 2003 de su más famoso grupo, The White Stripes. Su percepción fue curiosa. Declaró sentirse muy honrado, “porque eso es el auténtico folk”. “Me refería”, recuerda hoy, “a que lo que siempre he querido es que mis canciones entren en el imaginario popular, como lo hicieron las que me han influido. Nunca he sido uno de esos que bucean en las rarezas olvidadas. Me interesan las canciones que están en la cabeza de todos sin que se sepa quién es el autor”.

White, de 36 años, es un auténtico Rey Midas que convierte en oro todo lo que toca. Sea un grupo de amiguetes como The Raconteurs, casi una distracción que hacía pop rock amable y terminó vendiendo cientos de miles de copias. O The Dead Weather, un cuarteto de hard rock en el que él, en principio, solo era el batería y dejaba el micrófono en manos de la vocalista Alison Mosshart, un animal escénico que desborda sexualidad. En 2004 produce Van lear rose, para Loretta Lynn, una olvidada cantante de 75 años, y el disco termina ganando el Grammy a mejor álbum country. Incluso, el disco que editó y produjo a su entonces esposa, la supermodelo Karen Elson, logró bastante repercusión.

Pero su gran obra es The White Stripes, el dúo de crudo blues que formó en 1997. Él cantaba y tocaba la guitarra; Meg, la otra mitad, tocaba la batería con un estilo casi infantil. No había bajo. No había arreglos. Vestían siempre de rojo y blanco. Nadie hubiera pensado cuando debutaron en 1999 con un álbum que ni siquiera entró en los 200 más vendidos de Estados Unidos que saldrían del circuitounderground. Era la época de Baby, one more time, de Britney Spears. Pero su sexto y último disco de estudio, editado en 2007, fue directamente al número 2 de Billboard, solo superado por Bon Jovi. En ocho años ganaron cinco grammys y vendieron al menos 10 millones de copias en todo el mundo.

Posiblemente, parte de la culpa la tuvo el 11-S. Antes de aquel día de 2001, el rock estaba de capa caída, y un estilo de ominoso recuerdo llamado nu metal dominaba las radios. La escena alternativa que triunfaba, representada por Radiohead y unos emergentes Coldplay, era tristona y británica. Tras el shock inicial, los ojos del mundo estaban puestos en Nueva York. El primer himno oficioso del renacer patriótico fue New York, New York, de Ryan Adams, cuyo vídeo había sido grabado cuatro días antes del ataque. Is this it?, el debut de los neoyorquinos The Strokes, publicado en agosto, rock hedonista y sexi, se convierte de repente en el sonido a seguir. Hacían falta más nombres y aquel curioso dúo estaba allí, con su tercer disco recién editado, deseoso de ser descubierto. “Es una teoría interesante, pero no sé si totalmente correcta. Es cierto que tanto Strokes como nosotros teníamos antes más éxito en Reino Unido que en Estados Unidos. Y que de repente recibimos más atención. Recuerdo que se nos metió en el mismo paquete y se intentó reproducir el duelo de Beatles con Stones, o Blur con Oasis. Me puse en contacto con su mánager y le dije: ‘Tenemos que hacer una gira juntos y tenemos que hacerla ahora’. Tocamos unas cuantas fechas los dos grupos y funcionó”.

The White Stripes se disolvió oficialmente con un comunicado en enero de 2011, pero llevaban separados de hecho desde agosto de 2007, cuando suspendieron su gira mundial a causa de los ataques de ansiedad de Meg. En las últimas entrevistas, ella aparece pálida y ojerosa, como si estuviera a punto de derrumbarse. Prácticamente ha desaparecido. Se casó en 2009 (en el patio trasero de la casa de Jack de Nashville), y desde entonces, nada. White asegura que no responde a sus llamadas, pero dice que tampoco está preocupado, que siempre ha sido así. “Antes vivíamos a una manzana de distancia. Iba a verla y ya está. Ahora estamos en ciudades distintas”.

Su relación es la gran mentira original que hace que todo lo que dice Jack White sea puesto en entredicho. Durante años aseguraron que eran hermanos. Pero la realidad es que Megan Martha White había conocido a John Anthony Gillis a mediados de los noventa, cuando ella era camarera en un bar de Detroit. Se casaron en 1996, un año antes de empezar con el grupo. Gillis adoptó su apellido. Entonces nace Jack White. Se divorciaron en el año 2000. Tres años más tarde, cuando la naturaleza real de su relación empezaba a ser algo más que un rumor, pero antes de que su licencia de matrimonio y el certificado de su divorcio aparecieran en Internet, el mismo White le dijo a este periodista en una entrevista cara a cara en Madrid que eso era mentira, que ellos eran hermanos. Mientras, la frágil Meg, sentada a su lado, miraba al suelo comiendo miguitas de un bollo que desmenuzaba meticulosamente. “¡No le mentí!”, exclama antes de soltar una carcajada. “¡Es mi hermana!”, dice escudándose en el sentido metafórico del término antes de embarcarse en una larga explicación. “Mire, cuando un chico y una chica suben a un escenario, la percepción que se tiene de ellos varía dependiendo de su relación. Si son hermano y hermana, no pasa nada, pero si son novios, siempre se va a pensar: ‘Ah, vale, ella está ahí porque es su pareja’. No es algo banal. Cuando Brad Pitt y Angelina Jolie aparecen juntos están vendiendo su relación. Incluso, cuando cuatro tíos suben a un escenario dicen: “Estamos aquí porque somos viejos amigos”. Venden una relación. La filiación entre los miembros de un grupo altera, y puede llegar a destruir, la percepción que la gente tiene de su música. The White Stripes fue creado como un concepto. Queríamos tocar blues, pero no queríamos parecer un jodido grupo de blues. Por eso vestíamos uniformados de blanco y rojo. Por eso no teníamos un bajista. Nadie al vernos debía asociarnos con elblues”.

Todo eso es el pasado. Mañana se pondrá a la venta el undécimo álbum de su carrera. Blunderbuss, el primero que firma únicamente como Jack White. Quizá para remarcar que es un nuevo comienzo se ha embarcado en una intensa gira promocional por Europa y Estados Unidos, incluido Nashville, donde reside desde que en 2005 dejó Detroit, con su entonces mujer la supermodelo británica Karen Elson, con la que tuvo dos hijos, Scarlett Theresa y Henry Lee. Eran la familia ideal. En 2006 su fortuna conjunta se estimaba en 24 millones de euros. En 2011 se divorciaron con una fiesta a la que invitaron a todos sus amigos. Todo el álbum parece estar impregnado de esa ruptura. En una de sus canciones, Missing pieces, una persona se levanta por la mañana y descubre que mientras dormía le han robado partes de su cuerpo. “Es una metáfora sobre las relaciones. Cuando dos personas se aman se modifica su vida de entes independientes. Es un choque físico, casi violento, de dos atmósferas. Nada vuelve a ser igual. Es un nuevo entorno, y acciones antes inocentes tienen otras consecuencias. Desastrosas, casi siempre. Aun así, nos enamoramos una vez más”.

No se sale el disco de su carril. Es rock orgánico, físico, guitarrero. Contiene algunas de las mejores canciones que ha compuesto y es la base de su próxima gira (en principio no hay fechas anunciadas para España), en la que por primera vez tocará temas de toda su trayectoria, de todas sus bandas. Lo presentó en Austin con un extraño formato: una veintena de canciones en un concierto divido en dos partes. Una primera en la que le acompañaba un sexteto exclusivamente femenino, y una segunda con un quinteto totalmente masculino. “La gira va a ser con ambas. Hemos ensayado 40 o 50 canciones. La idea es que nadie sepa cuál de las dos bandas va a tocar cada noche. Me levantaré y en el desayuno decidiré si es una u otra, dependiendo de mi estado de ánimo. Es un reto”.

La verdad es que, si uno se fija bien, en el 90% de sus proyectos hay alguna fémina implicada. Algo raro en un mundo tan masculino como el del rock. “Francamente, no pienso en esos términos. Pero siendo sinceros, si metes a 10 tíos en esta habitación verás como empiezan a comportarse como adolescentes. Que entre una chica guapa, que se siente aquí en este mismo sillón, y su actitud cambiará por completo. Sacarán sus mejores modales. Esa es una de las ventajas de trabajar con mujeres, sacan lo mejor de todo el mundo”.

Pensando (y creciendo) en voz alta


El cantautor Manolo Tarancón apuntala su ascendente carrera con ‘Reflexiones’, un cuarto disco rotundo y liberado de ataduras.

Si eres cantautor en castellano, con unos referentes y unas trazas que no son el epítome de lo cool entre el joven y atropellado consumidor de música que se estila hoy , y además has de cargar con el sambenito de las odiosas comparaciones, digamos que lo tienes crudo. Si además ocurre que es el propio músico quien debe producir, promocionar, presentar y dar a conocer por medio país su propuesta con cargo a su propio bolsillo, aún pinta más negro.

Tan sombrío panorama es extensible a cualquier creador, es lo que hay, pero, en el caso de Manolo Tarancón, tanto obstáculo estuvo a punto de hacerle tirar la toalla: “Cuando acabé Horas Vacías no salían conciertos, la cosa estaba muy parada, y ahí fue donde entró David García (Limbotheque), quien me sacó de casa porque estaba muy cabizbajo, un poco depre”, cuenta, pero “cuando te gusta mucho todo esto, te quitas de encima todos esos demonios y sin darte cuenta, lo estás volviendo a hacer”.

Y lo que ha vuelto a hacer es lo que mejor sabe. Así que no le quedó más remedio que empaparse de unas vibraciones positivas que no siempre le han empujado. El resultado es Reflexiones, un cuarto disco rotundo, heterogéneo, luminoso y liberado de ataduras. Su mejor trabajo hasta la fecha, aunque reconoce que lleva tiempo buscando su sonido.

Editado en La Viejita, el sello que el propio Tarancón se montó con el cantautor leonés Fabían, porque “salvo que veas muy claro que el sello te va a dar una buena contraprestación de promoción y conciertos, no queda otra vía que la autogestión. Y más con la venta online y las redes sociales. El peaje que tienes que pagar para que el disco se distribuya en tiendas no vale la pena”.

La heterogeneidad se explica porque “al ser una colección de canciones, cada tema es independiente. No hay eje conductor”. Aunque el hecho de haber grabado entre el estudio de Paco Loco en Puerto de Santa María y el de Paco Morillas, en Valencia, junto a Carlos Soler Otte (Damien Lott), sí redunda en un sonido que “buscaba una producción más pop en unos temas y en otras más oscura”. Reconoce que “a mucha gente la sorprendía eso de grabar en dos estudios, y podía haber sido un problema el homogeneizarlo todo en la masterización, pero estoy contento con la decisión”.

Y de entre todos los músicos con los que ha colaborado últimamente, apunta a Tórtel como el proyecto que más le ha ayudado a dotar de cierta brisa mediterránea su propia música, porque “me di cuenta de que canciones que podían ser similares por temática a las mías, podían gozar de un tratamiento mucho más luminoso, y Tórtel me ha enseñado a hacer canciones comprometidas pero menos drásticas”.

Es por ello que, entre aproximaciones a sonoridades para él insospechadas (aires de bossa y ranchera, nada menos), también destacan las aportaciones externas. Como la guitarra de Jesús de Santos (Polar) o las voces de Vanessa Prado (La Gran Alianza) y Carol García (Limbotheque).

Ni un euro para la Ciudad del Flamenco


El Gobierno olvida en sus Presupuestos al proyecto más importante de Jerez.

Este ejercicio pasará en blanco para la Ciudad del Flamenco de Jerez. El Gobierno ignora el proyecto más importante que espera el municipio en los Presupuestos Generales del Estado (PGE). El que está llamado a ser Centro Nacional de Flamenco, según anunció en 2010 la entonces ministra de Cultura Ángeles González Sinde, no ha merecido ni un euro en las previsiones de gasto de 2012.

Una década después de que el exalcalde de Jerez, Pedro Pacheco, anunciara a bombo y platillo la nueva infraestructura y siete años más tarde de que empezaran las obras, sólo se ha ejecutado una parte de la cimentación, que no llega ni al 10%.

A este ritmo de financiación, algo más de tres millones del Estado en el último año, y con los recortes de la crisis, la ambiciosa Ciudad del Flamenco seguirá siendo una gran explanada de tierra en pleno barrio de San Mateo.

El gobierno municipal de Jerez, del mismo color político que el central, resta importancia al vacío presupuestario y culpa de la falta de financiación al anterior gobierno socialista por desviar para el pago de nóminas en el Ayuntamiento hasta dos millones de euros de una subvención finalista del Ministerio. “Desde Cultura ya nos dejaron claro que no habría más subvenciones hasta que justifiquemos la inversión de ese dinero”, aclara el delegado municipal de Urbanismo, Antonio Saldaña.

Por el polémico desvío de fondos, según Saldaña; o por una cuestión de “prioridades”, según el diputado nacional del PP por la provincia de Cádiz, Aurelio Romero; el Ayuntamiento jerezano parece no confiar demasiado en la financiación pública del complejo cultural. De hecho, estudian ya la “redefinición” del proyecto para que la “iniciativa privada” pueda garantizar su viabilidad. La idea pasa por una fórmula público-privada en la que el Estado termine implicándose con una cantidad, aún sin determinar.

Para rebajar el coste del proyecto (40 millones de euros) el Ayuntamiento va a revisar todos los gastos, excepto el diseño, un impresionante edificio modular ideado por el estudio de arquitectura de los suizos Herzog y de Meuron.

El edificio iba a ser una realidad en 2013, pero no hay dinero. Todo un revés para una ciudad que le había confiado el arranque de una próspera industria.

Nunca delates a una rata


 

Frank Sinatra, Dean Martin, Lauren Bacall, Sammy Davis Jr., Judy Garland… Cine, música, teatro, dinero, fiestas, ‘glamour’. Y, sobre todo, amistad. Una sólida lealtad entre ellos. Ha pasado más de medio siglo, pero este grupo de ‘amos’ de Los Ángeles, que se autobautizó como Rat Pack, pandilla de ratas, aún simboliza lo ‘cool’. Un libro ha recopilado sus escenas más desconocidas.

Todo empezó por culpa de Humphrey Bogart. Cuando Frank Sinatra llegó a Hollywood a mediados de los años cincuenta, Bogart empezó a pensar mal de él casi inmediatamente. Lo consideraba un arribista, otro de esos aspirantes al trono que acudían a la ciudad en busca de fama y dinero y que no acostumbraban a conseguir ninguna de las dos cosas. Sin embargo, cuando el protagonista de Casablanca vio en directo por primera vez a Sinatra, algo cambió. La afición de ambos por el alcohol y la vida nocturna acabó de allanar el camino para el crooner, y al grupo se sumaron pronto Dean Martin y Judy Garland. Garland, una actriz capaz de resucitar cada seis meses, era otra de esas personas con alma de vampiro que gustaban de levantarse tarde y con resaca. Precisamente en una de esas noches en las que la intérprete de El mago de Oz se disfrazaba de ave Fénix, Sinatra organizó un convoy de autobuses (a los que se les había añadido un bar bien provisto) donde metió a todos sus amigotes. El objetivo era llenar de caras amigas el anfiteatro de Long Beach donde actuaba la Garland. Poco después Sinatra repitió y organizó un tren privado de famosos para ver a Noël Coward en Las Vegas.

Una de esas noches, en las que participaban personajes como Errol Flynn, David Niven, Debbie Reynolds, Tony Curtis y Janet Leigh, el grupo consumió tanto tabaco, alcohol y demás sustancias que al día siguiente una de las suites se convirtió en un reposado dormitorio/abrevadero donde todos yacían por los suelos. Allí fue donde entró Lauren Bacall, esposa en aquellos momentos de Bogart, y pronunció la famosa frase: “You look like a goddamn rat-pack” [parecéis una maldita pandilla de ratas]. La ocurrencia fue muy bien recibida por aquel grupo de bebedores impenitentes y pasó a la leyenda cuando, en una cena en el restaurante Romanoff de Los Ángeles (propiedad de Mike Romanoff, un falso ruso con grandes contactos en Hollywood) donde estaban todos los presentes de aquella fatídica noche, Bacall apareció en el comedor y soltó: “Veo que toda la pandilla de ratas está aquí”.

Allí mismo, el grupo acordó fundar una especie de sociedad secreta que se basaba en los principios de Bogart: 1. Hollywood apesta. 2. No te fíes nunca del jefe. 3. Bebe todo lo que puedas. 4. Ama la música como a ti mismo. En la primera fase de este grupo estaban un influyente agente artístico llamado Swifty Lazar, Bogart y Bacall, Sinatra, Judy Garland y su marido, Sid Luft, y el humorista Nathaniel Benchley. Su lema, escogido con suma presteza, era “Never rat on a rat” [nunca delates a una rata]. Un año después, en enero de 1957, Bogart moría de un cáncer de esófago y el grupo quedaba en manos de Frank. Lauren Bacall, enamorada de Sinatra, fue el último reducto de aquella sociedad secreta (revelada al gran público por el columnista Joe Hyams). Elcrooner quería que sus asociados representaran una América transversal, tanto en un sentido racial como profesional. Sus integrantes debían meter mano en todas las ollas posibles: televisión, teatro, música, cine. La política, y especialmente su truncada relación con JF Kennedy, llegaría después.

Graham Marsh se ríe al otro lado del teléfono. El mayor especialista del mundo en el Rat Pack ha sido el encargado de editar el impresionante volumen llamado simplemente The Rat Pack, publicado por Reel Art Press y coordinado por Tony Nourmand. Este último localizó centenares de fotos inéditas del grupo, y Marsh le puso letras a las fotos: “La gente siempre me pregunta qué sentí al ver todos esos negativos, y solo puedo decir que se me dibujó una sonrisa de oreja o oreja. Era un material alucinante, he visto todo lo que se puede ver del Rat Pack y aquello era extraordinario. Cuando uno se ha pasado media vida tratando de saber más cosas de esa época y cae en sus manos todo eso, es como si se produjera un milagro”, dice Marsh desde Nueva York. Después, preguntado por la permanencia en el recuerdo de este grupo, 50 años después, recupera la seriedad: “Esos tíos eran lo más; eran elegantes, divertidos, tenían toneladas de talento. No solo eso; supieron encontrar la manera de rentabilizarlo todo sin renunciar a su esencia. Piensa que cuando uno de ellos actuaba en algún sitio, ya fuera Sammy [Davis Jr.], Dean [Martin] o el propio Sinatra, todos los demás iban al teatro o auditorio en cuestión a apoyarle. Eso hacía que todos los promotores se pelearan por sus espectáculos y al mismo tiempo que el público se volviera loco, ya que pagaban por uno, pero sabían que tarde o temprano acabarían apareciendo todos”.

Las imágenes del volumen son, según su editor Tony Nourmand, “íntimas, familiares, como si fueras a casa de un colega y tomaras fotos con tu teléfono móvil. Eso es lo que las hace tan especiales”. Todo ello se combina con el glamour de los que en 1960 eran los amos del mundo: dominaban Hollywood, Broadway y Las Vegas, y en sus cuentas había tanto dinero que no sabían qué hacer con él. El libro también muestra instantes de la vida cotidiana de todos ellos, una vida de lujo dominada por una exquisita combinación en blanco y negro, con limusinas, mujeres hermosas, humo de tabaco y el mejor whisky. Un tiempo en el que Las Vegas aún era la ciudad del pecado, y Nueva York, un pozo sin fondo.

El Rat Pack como tal quedó al final compuesto por cinco figuras: Frank Sinatra, Joey Bishop, Dean Martin, Sammy Davis Jr. y Peter Lawford. De Sinatra ya se ha dicho todo, seguramente el crooner más delicioso que ha parido América, implacable hombre de negocios, siempre rodeado de lo mejor y lo peor de cada casa. Dean Martin fue más famoso para el público estadounidense que el mismísimo Sinatra: sushow televisivo le convirtió en un rostro familiar para el americano medio. Martin, un hombre grande, elegante y con carisma, sedujo a Sinatra casi al instante, y su dúo cómico con Jerry Lewis (que acabó como el rosario de la aurora) le hizo un tipo inmensamente rico. Además, aquel italiano de zapatos lustrosos era otro especialista en actividades nocturnas, un cínico que sentía un enorme desprecio por la autoridad. Por todo ello, Martin acabó convirtiéndose en el mejor amigo de Frank, además de su robusta mano derecha, un compañero que, a diferencia de todos los demás, podía aguantar la personalidad del cantante sin sentir que su sombra le nublaba los sentidos.

Sammy Davis Jr. completaba el núcleo duro de aquella particular agrupación de famosos. Era un hombre hecho a sí mismo, nacido en los suburbios, maltratado por el racismo imperante en la época, condenado a viajar en los asientos “para negros”, pero dotado de una gigantesca fuerza de voluntad. Sinatra se lo llevó de gira y se encariñó con aquel joven bajito y de carcajada contagiosa. Davis Jr. se convirtió entonces en uno de los estandartes de la América progresista, la que luchaba por los derechos civiles y cuyo eje basculaba entre las costas Este y Oeste. Sin embargo, cuando mejor estaban poniéndose las cosas para él, sufrió un terrible accidente de coche. Perdió un ojo y tardó semanas en recuperarse. Cuando salió del hospital, sus colegas le esperaban (junto con otros voluntarios, como Marilyn Monroe) todos con un parche en el ojo y muchas ganas de cachondeo. David Jr. se recuperó de sus heridas, apechugó con su pérdida de visión y volvió a ser el de siempre, pero gran parte de ello se debió al apoyo de su cuadrilla: unos tipos que nunca te dejaban tirado.

Los otros dos miembros de aquella familia eran más como el suegro y el cuñado que como dos hermanos. Joey Bishop nunca perdía los nervios, no salía de noche y servía de contrapunto a los instintos salvajes del grupo. No era especialmente brillante en ningún sentido, a pesar de que funcionaba bien en la televisión y era una persona muy querida. Su presencia en el Rat Pack respondía a su condición de calmante instantáneo cuando los ánimos se caldeaban demasiado. La inclusión de Peter Lawford en un círculo tan privado se debía a la obsesión de Sinatra por la política. Lawford era íntimo de los Kennedy y sirvió de intermediario para cerrar la participación del quinteto en la campaña del Partido Demócrata que llevó a John Fitzgerald Kennedy a la Casa Blanca en 1960. Cuando en 1963 Sinatra se ofreció a hospedar al presidente en sus vacaciones, su hermano Robert Kennedy le advirtió de los lazos que unían al cantante con la mafia. JFK canceló la visita, y Sinatra, enfurecido, le echó la culpa a Lawford de todo lo que había sucedido. La muerte de Marilyn (de quien la leyenda dice que llamó a Lawford justo antes de fallecer) acabó de hundir su relación y, de paso, el Rat Pack.

“El Rat Pack encarnaba los valores de una época en la que el mundo no había perdido aún su inocencia. Antes del asesinato de JFK o de Martin Luther King, antes de que Hollywood se convirtiera en un negocio y las estrellas tuvieran que vivir recluidas en casa. Ellos sonreían, viajaban, eran ricos y guapos, hacían lo que les daba la gana, ¿quién no hubiera querido ser como ellos? Por eso seguimos vistiéndonos como ellos, y nos parecen la generación más cool que jamás haya pisado el planeta, porque vivían para divertirse, como si el mañana fuera a ser aún mejor que el hoy. Por eso nunca habrá otro Rat Pack: porque esos tipos son irrepetibles”, relata Marsh, “porque el mundo ya no es como ellos querían que fuera”.

 

Turner, Ballard y Grenadier, un trío para volar


“Primero golpea en la cabeza y luego se filtra en el corazón”. Con estas palabras se refirió el pianista Brad Mehldau a la música del trío Fly. Hablaba Mheldau con la autoridad que le confiere haber tocado —y hasta crecido musicalmente— con sus tres componentes: El saxofonista Mark Turner, el contrabajista Larry Grenadier y el batería Jeff Ballard. Y es que cada uno por separado tiene un largo recorrido en su historial que le sitúa entre los mejores de su generación. Pero juntos confluyen en un torrente de ideas que se cruzan entre sí y multiplican sus efectos hasta crear atmósferas camerísticas en las que la clave es el entendimiento. Sin duda, estamos ante uno de los mejores tríos del jazz contemporáneo, que llega con su tercer álbum, The year of the snake, fresquito bajo el brazo y dispuesto a volar desde el Jimmy Glass Club, donde aterrizará el próximo martes para para redondear el Ciclo 1906.

La contracultura en la tercera edad


Una de las leyendas fundacionales del rock en pasó por Madrid invitado por el Festival Internacional de Benicàssim.

El domingo pasado, en un sillón de Matadero Madrid, Kim Fowley, 73 años, legendario excéntrico que ya es parte de la historia de rock, se empeñaba en retener a los periodistas que le entrevistaban cuando estos habían dado por terminada la charla hacía rato. Con una verborrea imparable, y muchas veces indescifrable, hacía preguntas, pedía su opinión sobre los asuntos más extraños, o, en este caso, solicitaba que se volviera a encender la grabadora para registrar un último monólogo delirante: “Me han contado en Los Angeles que en España hay nueve ciudades en las que se puede escuchar rock´n´roll. ¿cuáles son?” Lo siento, señor Fowley, ni idea. “Ja, me habrán mentido”.

A su lado, una mujer de 26 años, que parecía una versión puesta al día de la pin-up Betty Page grababa todo con una pequeña cámara. Es Snow Mercy, su pareja y su nueva musa. “Cuéntales lo que haces”, le decía Fowley embelesado. “Soy compositora, cantante, artista, directora de cine, licenciada en física, actriz fetichista y dominatrix”, enumeraba ella. ¿No son demasiadas cosas? “Esto ya no es como en los sesenta”, interrumpía Fowley. “Ahora para sobrevivir hay que hacer cuantas más cosas mejor”.

En su caso eso es su forma de vida. Creció en el Hollywood de los años cuarenta y debutó como actor infantil en 1946, con seis años. “Mi padre, un actor se serie B [Douglas Fowley un secundario en decenas de películas entre ellas Cantando bajo la lluvia], me obligó a hacerlo para sustituir a un niño que se había puesto enfermo. A mi madre, un lesbiana que se negaba a admitirlo, le pareció bien”. En los cincuenta descubre el rock´n´roll, y consigue su primer número uno con The Hollywood Argyles. Él los fabricó, los empaquetó y los vendió. Ahí descubre que para ser el protagonista no es necesario estar frente a los focos (aunque le encanta estar ahí y recibir toda la atención posible). Que se pueden hacer otras muchas cosas.

Tantas que nadie parece capaz de sintetizar la desbordante carrera de Fowley en unas pocas frases. Solo Duglas Stewart, el cantante de la banda escocesa BMX Bandits, a los que produjo un disco, se lanza. “Kim es probablemente el ser humano más extremo que haya conocido. Es una leyenda. Si juntas los discos en los que ha participado como artista, productor, compositor o técnico ha vendido más de 120 millones de copias. Ha trabajado con todo el mundo: de Doris Day a Jonathan Richman; de Cat Stevens a The Runaways; de John Lennon a George Lucas. Lleva haciendo discos salvajes e inspirados desde finales de los cincuenta. Es brillante, pero nada convencional. Entiendo que haya personas a las que les asuste”.

Fowley lo resume de otra forma: “Mi trabajo consiste en ayudar a ciertos músicos a vender su trabajo, porque ellos son unos pobres desgraciados, incapaces de hacerlo solos”. Esa es la auténtica peculiaridad de Fowley, lo que le convierte en una rara avis: a pesar de haber compuesto canciones para the Byrds, Beach Boys, Soft Machine o Them siempre se ha sentido más cómodo en el margen del negocio. Se cuenta que un ejecutivo discográfico le dijo en una ocasión, “haces grandes discos, pero nunca has producido a un gran artista”. “Aquí ya entramos en lo que cada uno define como grande. No me interesan las cosas grandes. A mí me interesa la grandeza. Y esa está en cuatro críos haciendo ruido sin saber muy bien donde van. Es lo que quiero demostrar esta noche.”

Tanto Stewart como Fowley estaban en Madrid invitados por el Festival Internacional de Benicassim, que presentaba su programación de cine. Pero Fowley era la indiscutible estrella. A su reclamo acudió una docena de músicos madrileños, de grupos como Los Coronas o Los Caballitos de Dusseldorf, para una jam session que él guiaba. La grandeza consistía en implicar a todos los presentes en la sala, en una suerte de blues pantanoso, una improvisación que duró alrededor de media hora. Pero la auténtica grandeza de Fowley es su vitalidad. “Sabed que con vuestra edad yo también estaba aterrorizado por la vejez”, decía a un auditorio compuesto por gentes a las que sacaba más de 30 años. “¿Seré patético? ¿Podré follar? ¿disfrutar? Sí, se puede, claro que se puede, miradme”.

El excomponente de los Bee Gees Robin Gibb sale del coma


El cantante, de 62 años, fue sometido el 25 de marzo a una operación intestinal.

Robin Gibb, el cantante del grupo británico los Bee Gees, ha despertado este sábado del coma en el que había caído la semana pasada. Según un portavoz del artista, que lucha contra un cáncer de colon e hígado, este se ha podido comunicar con su familia, que se encuentracon él en un hospital londinense y es capaz de hacer señales con la cabeza.

Tanto su hermano, Barri Gibb, también componente de los Bee Gees, como sus tres hijos, han interpretado varias canciones para tratar de hacerle salir del coma,ha explica su mujer.

Robbin Gibb fue operado del intestino hace 18 meses, cuando los médicos le diagnosticaron el cáncer. De vuelta a la escena pública en febrero, el artista declaró que su enfermedad había experimentado una “espectacular” mejoría, lo que hizo pensar que al fin estaba superando el cáncer. Poco después, su salud empeoró. Gibb estaba demasiado enfermo como para participar el martes pasado en el lanzamiento de su primer obra clásica, Titanic requiem, compuesto con su hijo, Robin-John Gibb para celebrar el centenario del naufragio del trasatlántico. Estaba previsto que en la ceremonia, celebrada en el Central Hall Westminster de Londres, Robin interpretase el tema Don’t Cry Alone.

Luis Abreu, rumbero cubano y fundador de Los Papines


Con la muerte del músico, el único histórico del grupo que sigue vivo es su hermano Jesús.

La muerte de un rumbero se llora a golpe de tambor. La del percusionista y cantante cubano Luis Abreu, fundador de Los Papines, fallecido el 17 de abril en La Habana a los 73 años por un problema de corazón, se lloró amargamente, ya que con él desaparece el tercero de los cuatro hermanos que integraron el grupo rumbero más famoso de Cuba. Los Papines eran y son, dentro y fuera de la isla, una institución, y Luis uno de sus nombres históricos.

Nacido en una familia numerosa en el barrio obrero de Marianao, cuna de ritmos callejeros y de percusionistas de solar, comenzó tocando con un palo y una lata; hasta 11 miembros de su familia se dedicaron a la rumba. Pero fueron él y sus hermanos Alfredo, Jesús y, sobre todo, Ricardo, conocido como Papín y quien dio nombre al conjunto, los que triunfaron. En 2009, la muerte de Ricardo, el líder de la agrupación, supuso un duro golpe para Los Papines, que años antes ya habían perdido a Alfredo. Las pérdidas fueron mitigadas con la entrada de jóvenes valores familiares.

Cuando se habla de rumba y de tambores en Cuba hay dos nombres imprescindibles: Chano Pozo y Tata Güines. El primero renovó el jazz al dar vida al cubop y al jazz afrocubano, el segundo modernizó el modo de tocar la tumbadora. Los Papines eran herederos de ambas tradiciones, y combinaron como nadie la maestría de su toque con el espectáculo.

Luis Abreu comenzó su trayectoria como percusionista suplente. Su hermano Ricardo, virtuoso y carismático, había tocado con el conjunto de Félix Chapotín y llegó por el 1955 al cabaret Tropicana, cuando creó Guaguancó Papín, agrupación que en los sesenta se convirtió en Los Papines. Estos debutaron en el hotel Nacional en 1961 y desde entonces los papeles quedaron repartidos: si Ricardo era el líder indiscutido, Luis y Jesús conducían la participación del público en unos espectáculos que eran verdaderas fiestas. El repertorio era amplio: guaguancó, columbia, yambú y otras manifestaciones de la rumba, además de otros ritmos cubanos como el son y el bolero, siempre con toque afrocubano.

Luis y sus hermanos no fueron solo rumba e improvisación, también eran voz, y su formade combinar tumbas y cantos llegó a los escenarios más importantes del mundo, donde compartieron tablas con figuras como Ray Barreto, Mongo Santamaría o Tito Puente. Su discografía incluye títulos como Nunca es tarde si la rumba es buena, Los Papines siguen OK, Rumba sin alarde o Concierto en el Lincoln Center, con la Orquesta Aragón y Elena Burke. En 2001, el CD La rumba soy yo, un todos estrellas de la rumba cubana que contó con la presencia del grupo, obtuvo el Grammy Latino en la categoría de música folclórica.

Luis Abreu estuvo años vinculado a la enseñanza y fue profesor de percusión en la Escuela Nacional de Arte. Dos de sus hijos entraron a formar parte del grupo tras el fallecimiento de sus hermanos. Ahora, el único histórico de Los Papines es Jesús.

Risas con rap y reggae


La Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz (FRAC) saca de gira sus rimas caústicas.

Risas con rap y reggae. Un desternillante cóctel que la FRAC (Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz) ofrece en su nueva gira por varias ciudades para presentar su quinto disco en cinco años: Reggae en el INEM. Si la definición políticamente incorrecta se creara hoy y en Andalucía, sus protagonistas serían estos músicos que hacen gala de un ingenio mordiente apenas visto en el escenario. La actualidad política y social es un carrusel sobre el que se recrean para disparar rimas ácidas en las que la ironía de ciertos cantautores se queda en pañales.

Los raperos presentan temas como Odio eterno al fútbol moderno o Los lunes dance hall, en el que revisan su amarga situación laboral para darle la vuelta y reírse de sí mismos con sana guasa gaditana. Sus próximas citas pasan por Jaén, Madrid, Almería y Palma del Río. El grupo es firme defensor de compartir contenidos y todos sus discos (todos) están en la Red para que sus seguidores se los descarguen. “Grabar, darlo gratis e intentar dar conciertos, que es donde hay que ganarse al público. Nuestras grabaciones valen, pero agradecemos los conciertos por encima de todo”, aclara el cantante Karim Aljende, que comparte micro con Antonio Pareja.

La cáustica arrasa con todo: políticos, sindicalistas, periodistas, estrellas del cine… son protagonistas de estrofas combinadas con ritmos raperos que a veces se trufan con ecos del carnaval, la otra pasión de la banda, que nunca formará parte de la directiva de la SGAE. “Ante todo somos aficionados al carnaval callejero y cada año sacamos algo en paralelo a la FRAC”, relata Aljende sobre su objetivo subversivo a través de la carcajada. Su propia e inusual definición sobre el género da pistas de lo insólito de su propuesta: “Canción popular melodramática / Dub /reggae”. En ella colaboran artistas vocales e instrumentales como Nieves Yeh Yeh, Emilio Flou o Vaporetto Sound.

Desde que nacieron en 2007, la FRAC acumula ya 50 temas. Su último álbum destripa la situación de desempleo que azota a la comunidad, con especial énfasis en la Bahía gaditana, epicentro de estas crisis cíclicas y al parecer sin remedio cercano. Y a pesar del sombrío panorama, las críticas siempre dejan hueco a las risas y a menudo a las carcajadas.