El tema 2 consta de los siguientes apartados:
  1. Canto bizantino.
  2. Dialectos de Occidente.
  3. La creación del canto gregoriano.
  1. La transmisión oral.
  2. Etapas de la notación.
  3. La notación del canto de Solesmes.
  1. La transmisión del la teoría griega de la música.
  2. Teoría de la práctica.
  3. Los modos eclesiásticos.
  4. Solmisación.
  5. El sistema de hexacordos.

LA MÚSICA EN LA IGLESIA PRIMITIVA

La actividad musical de Jesús y de sus discípulos más antigua de que se tiene constancia es el canto de himnos (san Mateo 24, 30; san Marcos 14, 26). El apostol Pablo exhortó a las comunidades cristianas que cantasen “salmos e himnos y canciones espirituales” (Efesios 5, 19; Colonenses 3, 16). En torno al 112, Plinio el Joven, gobernador de la provincia romana de Asia Menor, informó de la costumbre cristiana de cantar “una canción a Cristo como si fuese un dios”. Los cristianos se congregaban a menudo con ocasión de cenas en comunidad en las que cantaban salmos e himnos. Cuando, en el siglo IV, creció el número de convertidos a la nueva fe y se asentó también el reconocimiento oficial, los pequeños encuentros informales dieron lugar a reuniones públicas en grandes edificios rectangulares llamados basílicas. En su interior, el canto de las plegarias y de las escrituras contribuía a la inteligibilidad del texto en las dimensiones del amplio espacio. Los creyentes más devotos buscaban una vida de oración permanente. Viviendo en total aislamiento como eremitas o juntos en los monasterios, cantaban o recitaban los salmos muchas veces al día como una forma de oración o de meditación. En las postrimerías del siglo IV, las ceremonias cristianas comenzaron a reflejar una forma estandarizada y el canto se convirtió en un rasgo característico, tomando los textos tanto del libro de los Salmos como de himnos que no proceden de la Biblia (véase la Lectura de fuentes del apartado anterior). Esta práctica del canto de salmos e himnos fue codificada en los ritos de la Iglesia medieval (descritos en el tema 3) y ha pervivido hasta el día de hoy, de distintas formas, entre los cristianos del mundo entero.

LECTURA DE FUENTES: San Agustín, acerca de la utilidad y de los peligros de la música

San Agustín es uno de los pensadores más significativos de la historia del cristianismo y de la filosofía occidental. Sus Confesiones se consideran la primera autobiografía moderna. En el pasaje citado a continuación expresa la tensión entre la capacidad de la música para acrecentar la devoción y la capacidad para seducir por el mero placer de escucharla.

Cuando recuerdo las lágrimas que vertí por los cantos de la iglesia en los primeros días de mi fe recobrada e incluso ahora, cuando me conmueven no tanto los cantos sino las palabras cantadas -cuando son cantadas con voz fluida y una melodía absolutamente apropiada-, reconozco el beneficio de mi experiencia; pero me siento inclinado, aunque no mantengo una posición irrevocable, a aprobar la costumbre de cantar en la iglesia, de modo que los más débiles de espíritu puedan ascender al trance de la devoción mediante la satisfacción de sus oídos. Y, sin embargo, cuando sucede que me siento más conmovido por el canto que por lo que éste expresa, confieso pecar gravemente y preferiría no escuchar al cantor en tales ocasiones. ¡Ved en qué condición me hallo ahora!

San Agustín, Confesiones, X, cap. 33.

Si bien se alentaba la práctica de los cantos de alabanza, algunos dirigentes de la Iglesia primitiva rechazaron otros aspectos de la antigua práctica. Influyentes escritores cristianos, como san Basilio (ca. 330-379), san Juan Crisóstomo (ca. 345-407), san Jerónimo (ca. 340-420) y san Agustín (354-430), conocidos hoy como “padres de la Iglesia”, interpretaron la Biblia y sentaron los principios rectores de la Iglesia. Como los griegos de la Antigüedad, creían que el valor de la música radicaba en su poder para influir en el ethos de los oyentes, para bien o para mal; san Agustín se conmovía tan profundamente por el canto de los salmos que terminaba por asustarse del placer que le producía, aunque aprobaba su capacidad para estimular pensamientos devotos (véase la Lectura de fuentes anterior). La mayoría de los padres de la Iglesia rechazaron la idea de cultivar la música por el mero placer y se atuvieron al principio platónico según el cual las cosas bellas existen para recordarnos la belleza divina. Este punto de vista subyace a muchas declaraciones posteriores sobre la música por parte de dirigentes eclesiásticos y de teólogos de la Reforma protestante. Para los líderes de la Iglesia primitiva, la música era sierva de la religión, y únicamente la música que hacía accesible al espíritu las enseñanzas cristianas y los pensamientos sagrados era digna de ser escuchada en la iglesia. Al considerar que la música sin palabras no era capaz de ello, la mayoría de padres de la Iglesia condenaron la música instrumental. Las numerosas referencias al arpa, la trompeta y a otros instrumentos en el Libro de los Salmos y demás escrituras hebreas se interpretaron alegorías. Aunque los cristianos podían utilizar la lira para acompañar los salmos en sus hogares, en el interior de la iglesia no se utilizaban instrumentos. Por esta razón, toda la tradición de música cristiana durante más de mil años fue la del canto sin acompañamiento. Además, los recién convertidos asociaban el canto más elaborado, los grandes coros, los instrumentos y la danza con espectáculos paganos. La interdicción de tales tipos de música contribuyó a separar a la comunidad cristiana de la sociedad pagana circundante y a que se proclamara la perentoria necesidad de subordinar los placeres de este mundo al bienestar eterno del alma.

4 comentarios en “La música en la Iglesia primitiva

  1. muy pero muy buenisima página, te felicito por ese gran trabajo y dedicacion e inspiracion por hacer una pagina tan gratificante, es muy agradable saber que personas como usted pueda inspirarse y ser una persona muy sabia.

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