La contracultura en la tercera edad


Una de las leyendas fundacionales del rock en pasó por Madrid invitado por el Festival Internacional de Benicàssim.

El domingo pasado, en un sillón de Matadero Madrid, Kim Fowley, 73 años, legendario excéntrico que ya es parte de la historia de rock, se empeñaba en retener a los periodistas que le entrevistaban cuando estos habían dado por terminada la charla hacía rato. Con una verborrea imparable, y muchas veces indescifrable, hacía preguntas, pedía su opinión sobre los asuntos más extraños, o, en este caso, solicitaba que se volviera a encender la grabadora para registrar un último monólogo delirante: “Me han contado en Los Angeles que en España hay nueve ciudades en las que se puede escuchar rock´n´roll. ¿cuáles son?” Lo siento, señor Fowley, ni idea. “Ja, me habrán mentido”.

A su lado, una mujer de 26 años, que parecía una versión puesta al día de la pin-up Betty Page grababa todo con una pequeña cámara. Es Snow Mercy, su pareja y su nueva musa. “Cuéntales lo que haces”, le decía Fowley embelesado. “Soy compositora, cantante, artista, directora de cine, licenciada en física, actriz fetichista y dominatrix”, enumeraba ella. ¿No son demasiadas cosas? “Esto ya no es como en los sesenta”, interrumpía Fowley. “Ahora para sobrevivir hay que hacer cuantas más cosas mejor”.

En su caso eso es su forma de vida. Creció en el Hollywood de los años cuarenta y debutó como actor infantil en 1946, con seis años. “Mi padre, un actor se serie B [Douglas Fowley un secundario en decenas de películas entre ellas Cantando bajo la lluvia], me obligó a hacerlo para sustituir a un niño que se había puesto enfermo. A mi madre, un lesbiana que se negaba a admitirlo, le pareció bien”. En los cincuenta descubre el rock´n´roll, y consigue su primer número uno con The Hollywood Argyles. Él los fabricó, los empaquetó y los vendió. Ahí descubre que para ser el protagonista no es necesario estar frente a los focos (aunque le encanta estar ahí y recibir toda la atención posible). Que se pueden hacer otras muchas cosas.

Tantas que nadie parece capaz de sintetizar la desbordante carrera de Fowley en unas pocas frases. Solo Duglas Stewart, el cantante de la banda escocesa BMX Bandits, a los que produjo un disco, se lanza. “Kim es probablemente el ser humano más extremo que haya conocido. Es una leyenda. Si juntas los discos en los que ha participado como artista, productor, compositor o técnico ha vendido más de 120 millones de copias. Ha trabajado con todo el mundo: de Doris Day a Jonathan Richman; de Cat Stevens a The Runaways; de John Lennon a George Lucas. Lleva haciendo discos salvajes e inspirados desde finales de los cincuenta. Es brillante, pero nada convencional. Entiendo que haya personas a las que les asuste”.

Fowley lo resume de otra forma: “Mi trabajo consiste en ayudar a ciertos músicos a vender su trabajo, porque ellos son unos pobres desgraciados, incapaces de hacerlo solos”. Esa es la auténtica peculiaridad de Fowley, lo que le convierte en una rara avis: a pesar de haber compuesto canciones para the Byrds, Beach Boys, Soft Machine o Them siempre se ha sentido más cómodo en el margen del negocio. Se cuenta que un ejecutivo discográfico le dijo en una ocasión, “haces grandes discos, pero nunca has producido a un gran artista”. “Aquí ya entramos en lo que cada uno define como grande. No me interesan las cosas grandes. A mí me interesa la grandeza. Y esa está en cuatro críos haciendo ruido sin saber muy bien donde van. Es lo que quiero demostrar esta noche.”

Tanto Stewart como Fowley estaban en Madrid invitados por el Festival Internacional de Benicassim, que presentaba su programación de cine. Pero Fowley era la indiscutible estrella. A su reclamo acudió una docena de músicos madrileños, de grupos como Los Coronas o Los Caballitos de Dusseldorf, para una jam session que él guiaba. La grandeza consistía en implicar a todos los presentes en la sala, en una suerte de blues pantanoso, una improvisación que duró alrededor de media hora. Pero la auténtica grandeza de Fowley es su vitalidad. “Sabed que con vuestra edad yo también estaba aterrorizado por la vejez”, decía a un auditorio compuesto por gentes a las que sacaba más de 30 años. “¿Seré patético? ¿Podré follar? ¿disfrutar? Sí, se puede, claro que se puede, miradme”.

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Leonard Cohen, la acosadora y el fin de un “infierno en vida”


La representante Kelley Lynch tenía una orden de alejamiento tras estafar y arruinar al cantante.

Un tribunal de Los Ángeles la halla ahora culpable de hostigarle por teléfono y correo electrónico.

Así es como el autor de ‘Hallelujah’ se ha librado de su mayor pesadilla.

Pensando en hacer el mal, un día Kelley Lynch terminó haciéndole un favor al mundo. Así, podemos atribuirle a esta mujer de 55 años el mérito universal de sacar a Leonard Cohen de su retiro budista de cinco años y devolverlo a la carretera (llevaba 15 años apartado) y al estudio cuando parecía que al genio se le había acabado la cuerda. Por otro lado, digamos que los motivos que ofreció al músico judío para retomar su carrera fueron un poco más allá de remover su vocación artística: según Cohen, le robó cinco millones de dólares y no le dejó en la cuenta ni para bajar a comprar el pan a la esquina. Ahora, el último premio Príncipe de Asturias de las Letras se las ha vuelto a ver con ella en los tribunales. Pero esta vez, denuncia el canadiense, se trata de un asunto de acoso en el que él es la víctima.

Kelley Lynch, a la sazón antigua amante del músico –él ha reconocido relaciones sexuales con ella, pero “no románticas”– y persona que durante años se ocupó de todos sus asuntos profesionales, le ha estado cosiendo a e-mails y a llamadas en los últimos meses tratando de amedrentarle. Tras el episodio de la estafa –resuelto con una condena que obligaba a Lynch a indemnizarle con 9,5 millones de dólares (más de 7 millones de euros) y a cinco años de cárcel en libertad condicional–, y después de 17 años de relación profesional y personal,Cohen la despidió en 2004 y obtuvo una orden de alejamiento que le impedía seguir contactando con él. Esta violación le costará ahora 11 meses de cárcel.

Aquella historia hirió profundamente al músico. Imaginen. Cinco años retirado en la cima de un monte angelino, viviendo como un monje budista en un templo, regresa a casa y comprueba que el mundo material ha decidido jugarle una mala pasada y que el fruto económico de una de las carreras musicales más emocionantes del siglo XX se ha esfumado. Con 74 años (hoy tiene 78 años), y tocado con su ya inseparable sombrero negro de ala corta, tuvo que embarcarse en una gira mundial para recuperar parte de la suma perdida. Fue, entre otras cosas, cuando Benicàssim asistió a su apoteósico concierto y al reencuentro con su viejo amigo Enrique Morente.

Pero este nuevo y penoso episodio, despachado la semana pasada en la Corte Penal de Los Ángeles, se escribe ahora con los mimbres de unos mensajes mandados por ella entre febrero de 2011 y enero de este año y que los abogados de Cohen aseguran que convirtieron la existencia del músico en “un infierno en vida”. Al parecer, su antigua empleada le hizo llegar treinta correos electrónicos diarios y mantuvo una pelea constante con su buzón de voz, donde depositó una y otra vez el cuerpo del delito sin importarle un cuerno el rosario de pruebas que entregaba. En algunas incluso se puede oír su voz diciendo que alguien iba a pegarle un tiro al bueno de Cohen.

Dicen que no mostró ninguna emoción al escuchar el veredicto de culpabilidad. Aunque sí debió de acordarse Lynch de aquella clase de primero de intimidación que se saltó, porque durante el proceso la acusación reprodujo en la sala las grabaciones acumuladas en el contestador de Cohen donde se podía escuchar nítidamente, y un tanto desquiciada, su amenazante voz. Según publicó Los Angeles Timeslos mensajes contenían todo tipo de obscenidades, referencias sexuales –“Leonard Cohen tiene un pene pequeño, si no inexistente”– y acusaciones de consumo de drogas al cantante. Curiosamente, la mayoría de llamadas, se dijo en el tribunal, se realizaron cuando era Lynch la que estaba hasta arriba.

En cuanto a Cohen y sus supuestas adicciones, en 1993 abandonó las giras y los escenarios, en parte, porque consideró que bebía “demasiado vino tinto” entre conciertos. Y parece que eso es todo. Cansado del esfuerzo, sintiéndose mayor y con la llamada espiritual golpeando su puerta, colgó su viejo instrumento, esa guitarra Conde que compró en la madrileña calle de Gravina hace 40 años, con la intención de no volver. Y aunque algunos de sus amigos intentaron convencerle, él siempre se resistió. Pero, como dijo en su emocionante discurso en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, “la madera nunca acaba de morir”.

Aunque vérselas otra vez con Lynch quizá haya sido demasiado. Si la cosa no había quedado suficientemente clara durante el juicio, la acusación sacó la semana pasada 10 archivadores llenos de e-mailsque ella le mandó en el último año. En algunos de esos correos, que luego reenviaba a otra gente que Cohen no conocía, mencionaba al movimiento neonazi Nación Aria. Se entiende que debido al origen judío de su exjefe. “Empezó con un mensaje diario, pero pronto se convirtieron en veinte o treinta al día”, explicó él durante el juicio. “No me siento bien denunciándola, pero me he visto obligado porque está en juego mi reputación y la de los míos”.

La fiscal de la ciudad Sandra Jo Streeter sostuvo que Lynch es “increíblemente brillante y capaz” y sabía perfectamente que estaba violando la ley. Su defensa tiene la romántica opinión de que todo es fruto del complicado mundo de las relaciones sentimentales y de cómo estas se tuercen en algún momento. Además, alega que Cohen y su entorno intentaron destruir su credibilidad y culparla de los problemas económicos que sufrió el autor de Hallelujah. “Nunca nadie cambió su dirección de e-mail o los teléfonos a los que ella llamaba. No usaron ningún filtro de spam porque querían saber lo que Kelley tenía que decir y lo que sabía”. El juez, en cambio, no lo vio así, y esta vez Lynch no se librará de ingresar en prisión.

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La estrella discreta


De camarera a artista internacional.Diez años después de ‘Come away with me’, el disco más vendido de la década, Norah Jones se desvía ligeramente de su seguro camino con ‘Little broken hearts’, un álbum marcado por una ruptura amorosa.

A través de los ventanales de la habitación del hotel de París en el que Norah Jones recibe a los medios se puede ver la verja del jardín de las Tullerías. A unos doscientos metros se encuentra la estatua dorada de Juana de Arco, que desafió a los invasores ingleses en el siglo XV. Y, como la doncella de Orleans, la joven estadounidense está dispuesta a enfrentarse al mundo, en su caso a la prensa europea, sin bajar la guardia. “Está de muy buen humor”, asegura la responsable de su discográfica justo antes de subir a la habitación del cuarto piso para los veinticinco minutos de entrevista concedidos a Babelia. La propia Norah Jones, que viste discretamente de oscuro, abre la puerta con una gran sonrisa. Se muestra tan amable como recelosa. Espera de pie a que su interlocutor del momento tome asiento y le ofrece algo de beber que ella misma le acerca en un vaso. Y se sienta, expectante.

Con poco más de veinte años, Norah Jones (Nueva York, 1979) grabó un primer disco del que se han vendido más de veinte millones de ejemplares. Y que le valió llevarse ocho grammys en 2003. Aquel Come away with me, con la canción de Jesse Harris Don’t know why, convirtió de un día para otro a una chica que había crecido en Tejas y se estaba ganando la vida en Nueva York como camarera en una estrella internacional. Con una cuenta corriente para no tener que preocuparse por el futuro. Hace ya diez años de aquello. Pero, en la selección musical del avión que lleva al periodista de Madrid a París, está… Come away with me. “Lo recuerdo como si fuese ayer. Era abrumador, una locura, y no creo que fuese lo mejor para mí, pero bueno”, dice. Probablemente haya un punto de timidez en ella, mucho pudor a exponerse ante extraños. Y desconfianza ante lo que vaya a salir luego en diarios, revistas o blogs de medio mundo. “Traducen tan mal lo que he dicho”, cuenta con cara de resignación, “incluso en inglés a veces se malinterpretan mis palabras”.

Su nuevo disco, Little broken hearts (pequeños corazones rotos), está marcado por una ruptura amorosa. Las canciones son contadas desde el punto de vista de una persona herida. Incluso la juguetona Happy pills habla de poder quitarse a un hombre de encima. A la pregunta de quién demonios es el malvado que rompe esos pobres corazones a los que se refiere el título del disco, dice con una sonrisa: “Ya estoy bien, son cosas de la vida”. Y frena en seco. Silencio. Uno de los periodistas abordó el asunto de su separación a las bravas para saber si tenía una nueva relación sentimental y la respuesta de la cantante fue rápida: “No es asunto tuyo”.

Little broken hearts es el quinto disco de Norah Jones —sin contar los dos publicados con Little Willies ni el recopilatorio de sus colaboraciones— tras Feels like home (2004), Not too late (2007) y The fall (2009). Varias de las 12 canciones inéditas exploran texturas y ritmos que no son los habituales de la cantante y pianista. “Siempre intento cosas distintas. Lo que no me apetece para nada es hacer siempre el mismo disco. Y fue divertido trabajar con alguien como él, escribir canciones con él”, asegura. Él es Brian Burton, también conocido como Danger Mouse, con trabajos anteriores para Gorillaz o Beck. “Tiene un sonido muy distinto. La forma en que graba los instrumentos es diferente de lo que yo estoy acostumbrada. No tengo paciencia para encontrar sonidos extraños en los teclados, él sí, y eso me encanta. Amo la música, pero no soy buena buscando sonidos, yo soy buena tocando”, dice riendo.

Por primera vez Jones llegó a un estudio de grabación con las manos vacías. Apenas unas cuantas ideas en un cuaderno de notas cuando entró en el pequeño estudio de Burton en Los Ángeles: “Pese a ser una experiencia nueva para mí no estaba asustada. Confiaba en él, en su modo de trabajar y sabía que nos dábamos bien. ¡Y ahora ya sé que soy capaz de hacerlo!”. No hubo la presión de una fecha de entrega: según ella, ni sus representantes ni la discográfica sabían que estaba grabando.

Se ha escrito que Norah Jones con Danger Mouse es igual que la unión del chocolate con el helado. No le hace gracia el símil. Aunque acaba aceptando el juego de saber cuál de los dos sería ella. “Estoy segura de que soy el helado”, dice riendo. “Bueno, pensándolo bien es simpático, me lo tomo como un cumplido”.

En 2008 se habían encontrado los dos en Rome, un disco de Burton que se inspira en la música del cine italiano. “Brian me llamó para preguntarme si quería participar en su disco y le dije: ‘Claro, me parece fantástico, soy una gran admiradora tuya’. Vino a mi casa y estuvo tocando las canciones. Unos meses más tarde nos volvimos a reunir para la grabación. Trabajamos muy a gusto y, al terminar, le pregunté si estaría interesado en producir mi siguiente disco. Me dijo que sí, pero que era mejor ver qué es lo que iba surgiendo, componer juntos… Me pareció bien, así que me puse a buscar al productor de The fall”. De todos modos quedaron durante una semana “para intentar algo, para ver si la cosa podía funcionar”. “Fue verdaderamente bueno, así que decidimos hacerlo. Pero nos ha tomado tres años programar un calendario que nos conviniera a ambos”, explica. Danger Mouse le sugirió grabar un disco sombrío: “Me preguntó entonces si yo quería algo así y pensé ‘hum, no necesariamente’, pero mis circunstancias, cuando por fin estuvimos juntos, sí que le daban sentido a eso. Tuve un montón de inspiración”.

“Brian y yo nos hicimos grandes amigos. Nos metimos cada uno en la cabeza del otro. Fue interesante poder tener esa perspectiva porque él es un hombre. No es que mujeres y hombres seamos tan diferentes, pero lo somos. Así que escribíamos estas canciones sobre las relaciones desde nuestras distintas perspectivas. Todavía no comprendo muy bien cómo funcionan las relaciones amorosas, lo intento. Creo que a medida que te vas haciendo mayor lo comprendes mejor”.

“No sé por qué escribí Miriam. La canción salió así. Me gusta que sea muy dramática. Quizá resulta algo chocante, pero ¿por qué no? No creo que sea una letra tan disparatada. No voy a matar a nadie, creo que eso ya se sabe ¿no?”, dice riendo. Confiesa tener demoitis —en español podría ser maquetitis—: “Me lo diagnosticó Mardin, el productor de mi primer disco. Teníamos todas aquellas maquetas y yo le decía: ‘Sí, están bien, pero la primera…’. Me gusta la primera versión de las cosas. Y, después, me resulta difícil cambiar”.

Si algo sorprende a primera vista del nuevo disco de Norah Jones es su portada. Quién iba a imaginar que le diera por inspirarse en el cartel deMudhoney, una película de 1965 de Russ Meyer, el famoso y ya fallecido director de serie B, adorador de mujeres con bustos generosos. “Estaba colgado en el estudio de grabación. Sus carteles son divertidos, aunque yo no hubiera utilizado el deFaster, Pussycat! kill! kill! Para ser sincera no me atrae el rollo de Meyer, pero este cartel en concreto me resulta fascinante. Me seduce la imagen, el blanco y el negro con el rosa. La chica es misteriosa, sexy… La miras y no sabes qué va a ocurrir. Eso me gusta”.

Norah Jones actuó en la película de Wong Kar-Wai My blueberry nights. Una pequeña provocación: ¿es verdad que aceptó el papel por el beso de Jude Law? “¡No lo sabía!”, exclama. “¡El director no me había dicho nada! Ni siquiera que iba a tener que besar a alguien. No sé qué idea le rondaba por la cabeza cuando me ofreció el papel porque todavía no había escrito el guión y no me contó absolutamente nada”. Ahora habla casi susurrando: “Aún no sé por qué me quiso en su película. Me lo dijo una vez, pero no le entendí”. ¿Piensa en el cine? “No, fue estupendo, pero no es lo mío. Hay que levantarse muy temprano, trabajar 14 horas al día… No, gracias. Bueno, si hay un actor muy guapo igual me lo pensaría”, bromea. “Yo nunca digo jamás, pero tendría que ser algo que tuviera muchas ganas de hacer”.

Avisaban antaño de que no se le preguntara por su padre [Norah Jones es hija del gran músico Ravi Shankar, aunque ella creció con su madre]. “Lo que pasa es que hace diez años la gente intentaba montar una historia con algo que nada tenía que ver con la música. Y yo no quería que lo hicieran porque no era justo para mí ni para quien me educó. Trabajé muy duro y no le vi durante años, así que no me parecía razonable aquel enfoque. Ahora estamos muy unidos, pero no hagas la entrevista sobre eso”, dice riéndose con ganas.

En cuanto la conversación deriva hacia un aspecto más personal, aunque sea con la mayor delicadeza, su mirada se vuelve más escrutadora. Sus respuestas son breves, una frase o dos, en la mayoría de los casos, y enseguida calla. Como si temiera que se le escape algo; como si esperara la pregunta trampa, aquella cuya contestación va a ofrecer más información de la que ella está dispuesta a dar. Frunce el ceño al preguntarle si su tatuaje al final de la espalda es el mismo que lleva su hermana Anoushka [la sitarista Anoushka Shankar]. Pero responde: “Nos hicimos el tatuaje juntas cuando ella tenía 18 años y yo 20. Hubiera preferido que eso quedase entre nosotras, pero puso una fotografía en su página web… Lo hicimos porque aun siendo hermanas no crecimos juntas. Nos conocimos ya de mayores y ésa fue nuestra manera de marcar el vínculo”.

Dice que siempre ha querido que su voz sonara mayor. “Tampoco estropeada o demasiado mayor, pero que no suene cristalina. Mis voces preferidas son las de cantantes que han vivido como Billie Holiday o Ray Charles”. Norah Jones ha grabado con Willie Nelson, Foo Fighters, Outkast, Q-Tip, Belle and Sebastian, Herbie Hancock o Charlie Haden: “Es muy emocionante estar con héroes de tu infancia, gente con la que has crecido. Poder cantar con alguien como Ray Charles, que ya se fue. Recuerdo que la primera vez que estuve con él me puse a llorar”.

A los diez años de Come away with me, Norah Jones, que confiesa disfrutar como una niña cuando visita una gran tienda de juguetes que hay en Tokio, y a la que le encanta estar en casa, cocinar y nadar, ha grabado el que posiblemente sea su mejor disco desde aquel espectacular debut.

La revista Gramophone lanza su ‘Hall of Fame’


Con este nuevo portal conmemorará los 110 años del nacimiento de la fonografía y los 90 de su primer número.

Para celebrar los primeros 110 años de los primeros registros de música clásica, la revista británica Gramophone prepara el lanzamiento de su Salón de la Fama, que reconocerá a aquellos hombres y mujeres que han contribuido de manera destacada al desarrollo de la industria de la grabación. En su primera etapa se ha decidido la inclusión de 50 directores, cantantes, intérpretes al teclado, intérpretes de metal y viento, intérpretes de cuerdas, ensembles, productores y ejecutivos que han sido elegidos por los lectores de la publicación y su web, entre más de 500 nombres. Los seleccionados se darán a conocer oficialmente en las páginas de la edición de mayo, aunque sus nombres ya han sido revelados en el portal de la revista que en abril de 2013 cumplirá 90 años de vida. Cada año Gramophone añadirá a la lista nuevos nombres de las personas que han hecho de la industria de la música clásica lo que es ahora, cuyo talento, visión creativa y genio personal han enriquecido el catálogo discográfico desde que los primeros sonidos fueron capturados en cera en la última década del siglo XIX.

En esta primera edición destaca la inclusión de los directores de orquesta Herbert von Karajan, Claudio Abbado, Wilhelm Furtwängler, Leonard Bernstein y de la soprano Maria Callas, personajes que fueron los que mayor número de votos recibieron. Cada primavera los lectores y visitantes del sitio web de Gramophone podrán votar a nuevos miembros del salón. Los melómanos podrán tener acceso a perfiles, videos, entrevistas y recomendaciones discográficas acerca de los seleccionados. El Gramophone Hall of Fame no incluirá compositores (excepto cuando hayan sido también intérpretes), ni orquestas ni coros (aunque sí a ensembles o coros de cámara). Por supuesto que todos ellos han sido vitales para la historia de la música clásica grabada, pero Gramophone quiere conmemorar a los individuos (o pequeños grupos) que cambiaron el curso de la historia de la fonografía. Gramophone colgará en su web una serie de podcasts, en los que se hablará con artistas y críticos sobre algunas de las personalidades nominadas. La primera de estas entrevistas será con Daniel Hope, que habló con el editor de la revista, James Jolly, sobre ocho de los artistas nominados.

Coll y Hodges contagian audacia a la joven orquesta


La formación juvenil de la Generalitat estrena obra de su laureado y prometedor compositor.

Aunque fue trombonista de la Jove Orquestra de la Generalitat (JOG), no es ésta la faceta donde más ha destacado Francesc Coll (Valencia, 1985). Afincado en Londres, se trata del compositor joven valenciano de mayor proyección, con varios premios, como el Mary Ryan Composition Award y encargos de carácter internacional en su haber. Por eso fue escogido para ser compositor residente de la JOG durante dos años y, como es preceptivo en esta responsabilidad, debe entregar dos creaciones originales para ser interpretadas por su orquesta. La primera de ellas, titulada No seré yo quien diga nada, fue estrenada el viernes en el Auditorio de Torrevieja. Volverá a ser interpretada este domingo en Gandia y el próximo lunes en el Palau de la Música, dentro de los conciertos exclusivos para la Sociedad Filarmónica con motivo de su centenario. Para la puesta de largo con su joven orquesta, el compositor valenciano cuenta con el pianista británico Nicolas Hodges como solista, uno de los más sobresalientes de su generación y de quien algunos críticos han destacado su audacia y energía. En No seré yo quien diga nada “el pianista desempeña la función del líder”, explica Coll, “en lo que podría ser la actual cultura de masas, una función que aleja a este instrumento del concepto de solista del pasado».

La partitura del compositor valenciano es también atrevida. Estableciendo paralelismos con la sociedad actual, se ha fijado en los extremos y para ello ha vaciado la orquesta de violines, violas y oboes y ha cedido protagonismo a flautas, clarinetes y fagots en sus versiones más extremas, es decir, picolos, requintos y contrafots, para fijar la atención, precisamente, en lo extremo. Las combinaciones y referencias son, asímismo, audaces. Como materia principal, ha partido de un zorcico, la danza tradicional vasca y ha añadido otros géneros de música popular en forma de citas de piezas pop y de jazz. El zorzico “está presente aunque de forma poco reconocible”, advierte el compositor, ya que lo ha “filtrado por una estética surrealista, en busca de un equilibrio entre la razón y la técnica con la intuición”. El resultado es de “una gran complejidad en la ejecución». Coll ha agregado un clavecín, que es un instrumento barroco. Con todos estos ingredientes ha conseguido una obra compleja y de gran sentido rítmico, que «intenta contar lo trascendente, lo profundo, mediante lo absurdo».

Formado en los conservatorios superiores de Valencia y Madrid como tombonista, Coll ha estudiado composición con Richard Baker en la Guidhall School of Music and Drama de Londres, con una beca del Institut Valencià de la Música. También ha recibido clases del prestigioso compositor y director británico Thomas Adès. Su primera obra reconocida, Aforismos para piano solo (2003), fue ya premiada en el concurso Hui, Hui Música. La Canadian Brass le encargó su primera obra,…Whose name I don’t want to remember para doble quinteto de metal (2005), estrenada por esa formación y el Brass Quintet de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en el Lincon Center. Sus obras han sido interpretadas por la Orquesta Filarmónica de la Universitat de Valencia, a Orquesta Sinfónica de Londres, la Oruqetsa Sinfónica de la BBC, la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (dirigida por Thomas Adès), o Los Angeles Philarmonic New Music Group.

Condenada la amante, representante y acosadora de Leonard Cohen


Kelley Lynch se enfrenta hasta cinco años de prisión.

Un tribunal de Los Ángeles ha declarado culpable a la exrepresentante de Leonard Cohen,acusada acosar al cantante canadiense. La fiscal Sandra Jo Streeter ha determinado que Kelley Lynch violó en múltiples ocasiones una orden de restricción al llamar y escribirle al músico.

Cohen, de 77 años, testificó contra Lynch y confesó al jurado que se sintió amenazado por la cantidad y el tono de grosero de las llamadas y correos electrónicos de Lynch. El artista reconoció que tuvo “una relación íntima” con Lynch, pero que se distanció de ella después de que en 2005 se dio cuenta de que le había estafado alrededor de cinco millones de dólares (unos cuatro millones de euros). En ese momento, el artista la demandó, pero el caso no siguió ningún curso judicial.

Ahora que ha sido declarada culpable, Lynch se enfrenta hasta cinco años de prisión. El abogado de la exmanager argumentaron que estaba molesta con Cohen por haberla despedido y que sentía que el músico canadiense había arruinado su reputación. Añadieron además que las llamadas y correos que su clienta había destinado al cantante eran “peticiones de ayuda, no conductas criminales”.

Según el letrado de Lynch, la mujer de 55 años nunca se acercó a Cohen ni a su casa, a pesar de que este la acusó en su declaración de llamarle evasor de impuestos y drogadicto en sus mensajes. El abogado del músico, por su parte, aseguró que la exrepresentante convirtió la vida de su cliente “en un completo y absoluto infierno”.

“Yo no estaba dispuesto a arriesgarme a que alguien que me deja mensajes violentos y desquiciados aparezca un día en la puerta de mi casa”, declaró Cohen al juez el pasado lunes.

Disponible nuevo PODCAST de “Bandas sonoras”: Los idus de marzo


Ya está disponible el PODCAST del día 7 de marzo y su descarga:

Alexandre Desplat pone música a este drama políyico.

7 de marzo: Los idus de marzo DESCARGA PODCAST